UNIDAD MEDIANTE LA HUMILDAD
“Completen mi gozo, tengan el mismo sentir, el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa” (Fil. 2:2).
Miércoles: 21 de enero
LA MENTE DE CRISTO
El famoso boxeador Muhammad Alí dijo en cierta ocasión: “Soy el más grande”. En agosto de 1963, seis meses antes de ganar el campeonato mundial de boxeo de peso pesado, incluso lanzó un álbum de discos titulado “Yo soy el más grande”. Era, sin duda, un gran atleta, pero no un ejemplo a seguir para quien aspira a tener la mente de Cristo.
Por el contrario, Jesús era perfectamente impecable. Aunque fue tentado “en todo según nuestra semejanza” (Heb. 4:15), nunca pecó, ni siquiera por un pensamiento. Sin embargo, Hebreos 5:8 indica que, “aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia”. La sumisión de Jesús a la voluntad del Padre fue siempre perfecta. Nunca hubo un momento en que rehusara someterse, aunque, sin duda, muchas veces no le resultó fácil.
Lee Filipenses 2:5-8, el texto más poderoso y hermoso de las Escrituras según algunos. ¿Qué dice Pablo aquí? ¿Qué implican estas palabras? ¿Cómo podemos aplicar a nuestra vida el principio que se expresa aquí?
Filipenses 2:5-8
5 Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, 6 el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, 7 sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; 8 y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
Jesús, quien es igual a los otros dos miembros de la Deidad en naturaleza, no solo estuvo dispuesto a hacerse humano, sino también se hizo “siervo”, o “esclavo” (doulos), y luego se ofreció como sacrificio por nuestros pecados. En otro lugar, Pablo dice que se hizo “maldición por nosotros” (Gál. 3:13). Dios, nuestro Creador, murió en la cruz para ser también nuestro Redentor, y para ello tuvo que convertirse en maldición por nosotros.
¿Cómo podemos entender lo que esto significa? Más aún, ¿cómo podemos tener la misma disposición a humillarnos y a sacrificarnos por el bien de los demás?
En otro lugar, Jesús dijo: “El mayor entre ustedes sea su servidor. Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Mat. 23:11, 12). Esto refleja en muchos sentidos lo que Pablo insta a los creyentes a hacer en Filipenses 2:5 al 8.
En términos más gráficos y contundentes, Pablo estaba repitiendo aquí lo que había dicho antes acerca de no hacer nada “por rivalidad o vanagloria” (Fil. 2:3).
¿Cómo debemos responder a lo que Cristo hizo por nosotros según Filipenses 2:5 al 8? ¿Qué respuesta podría ser adecuada o digna de lo que Cristo hizo por nosotros aparte de postrarnos y adorar? ¿Por qué es tan erróneo pensar que nuestras buenas obras pueden sumar a lo que Cristo ya hizo por nosotros?
Comentarios Elena G.W
La Palabra de Dios es el solemne instrumento que convence de pecado al inconverso, persuadiéndolo de la necesidad que tiene del Salvador que perdona los pecados.
El plan de salvación combina las influencias santas de la luz del pasado y del presente. Estas influencias están unidas por la cadena dorada de la obediencia por amor. La recepción de Cristo por la fe y la sumisión a la voluntad de Dios transforman a los hombres y las mujeres en hijos e hijas de Dios. Mediante el poder que únicamente el Salvador puede darles son aceptados como miembros de la familia real, herederos de Dios y coherederos con Cristo…
Amar a Dios de todo corazón y ser participantes de la humillación y los sufrimientos de Cristo, significa más de lo que muchos comprenden. La expiación de Cristo es la gran verdad central alrededor de la cual se agrupan todas las demás verdades pertinentes a la gran obra de la redención. La mente del hombre debe fundirse en la mente de Cristo. Esta unión santifica el entendimiento e imparte claridad y fuerza a los pensamientos…
El mundo es nuestro campo de esfuerzo misionero, y hemos de salir a trabajar rodeados con la atmósfera del Getsemaní y el Calvario (Exaltad a Jesús, 3 de agosto, p. 223).
¡Cuán gloriosas son las posibilidades presentadas delante de la raza caída! Mediante su Hijo, Dios ha revelado la excelencia que puede alcanzar el hombre. Por los méritos de Cristo, el hombre es elevado de su depravación, purificado y hecho más precioso que el oro de Ofir. Le es posible convertirse en compañero de los ángeles de la gloria y reflejar la imagen de Jesucristo, brillando con el brillante esplendor del trono eterno… Sin embargo, ¡cuán rara vez comprende hasta qué altura puede llegar, si permite que Dios guíe cada uno de sus pasos!
Dios permite que el ser humano despliegue su individualidad. No desea que nadie suma su mente en la mente de su prójimo. Los que desean ser transformados en mente y carácter no han de contemplar a los hombres, sino al Ejemplo divino. Dios da la invitación: «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús». Mediante la conversión y la transformación, los hombres han de recibir el sentir de Cristo. Cada uno ha de estar delante de Dios con una fe individual, una experiencia individual, conociendo por sí mismo que Cristo se ha formado dentro, la esperanza de gloria…
Como a nuestro Ejemplo tenemos a Aquel que es todo y en todos, el primero entre diez mil, Aquel cuya excelsitud está más allá de toda comparación. Bondadosamente ha adaptado su vida a la imitación universal. En Cristo se unían la riqueza y la pobreza; la majestad y la humillación; el poder ilimitado, la modestia y la humildad que se reflejarán en cada alma que lo reciba…
¡Ojalá apreciáramos más plenamente el honor que Cristo nos confiere! Llevando su yugo y aprendiendo de él, nos asemejamos a él en aspiraciones, en mansedumbre y humildad, en fragancia de carácter, y unidos con él en dar alabanza, honor y gloria a Dios como al Ser Supremo. Los que viven de acuerdo con sus altos privilegios en esta vida recibirán una recompensa eterna en la vida venidera. Si somos fieles, nos uniremos a los músicos celestiales para entonar con dulce armonía cánticos de alabanza a Dios y al Cordero (That I May Know Him, p. 134; parcialmente en A fin de conocerle, 8 de mayo, p. 134).


