DIOS ES APASIONADO Y COMPASIVO
“¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? ¡Aunque ella lo olvide, yo nunca me olvidaré de ti!” (Isa. 49: 15).
Miércoles: 22 de enero
¿UN DIOS CELOSO?
El Dios de la Biblia es el “Dios compasivo”. En hebreo, Dios se da a sí mismo el nombre ‘el rahum (Deut. 4: 31). El término hebreo ‘el significa “Dios”, y rahum es una variación de la raíz de la palabra que significa compasión (rajám). Sin embargo, Dios no solo es llamado “compasivo” o “misericordioso”, sino también “celoso” (‘el qanah). Como dice Deuteronomio 4: 24: “Porque Jehová, tu Dios, es fuego consumidor, Dios celoso [‘el qanah]”. (Ver Deut. 4: 24; 6: 15; Jos. 24: 19; Nah. 1: 2).
1 Corintios 13: 4 declara que “el amor no es celoso” (NTV). ¿Cómo puede Dios, entonces, ser un “Dios celoso”?
Lee 2 Corintios 11: 2 y considera la forma en que el pueblo de Dios le fue infiel a lo largo de la Biblia (ver, por ejemplo, Sal. 78: 58). ¿Qué nos enseñan estos pasajes sobre el significado de los “celos” divinos?
2 Corintios 11: 2
2 Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo.
Salmos 78: 58
58 Le enojaron con sus lugares altos, Y le provocaron a celo con sus imágenes de talla.
Los “celos” de Dios a menudo son malinterpretados. Cuando el adjetivo “celoso” se refiere a un cónyuge, no se trata de un elogio. El término “celos” suele tener connotaciones negativas en muchos idiomas. Sin embargo, ese no es el caso de los celos divinos en la Biblia, ya que se refieren a la sana expectativa de un marido amoroso por disfrutar de una relación exclusiva con su esposa.
Aunque existe un tipo de celos contrarios al amor (1 Cor. 13: 4, NTV), también hay “celos” buenos y justos. Pablo se refiere a ello como “celo de Dios” (ver 2 Cor. 11: 2). Los celos de Dios son solo y siempre del tipo correcto, y se los puede definir más adecuadamente como el amor apasionado que Dios siente por su pueblo.
El celo (qanah) de Dios por su pueblo proviene del profundo amor que siente. Dios desea una relación exclusiva con su pueblo; solo él ha de ser su Dios. Sin embargo, a menudo se describe a Dios como un cónyuge despechado, cuyo amor no es correspondido (ver Ose. 1-3; Jer. 2: 2; 3: 1-10). Por lo tanto, los “celos” –o la “pasión” de Dios– nunca son caprichosos o sin motivo, sino que siempre responden a la infidelidad y a la conducta indebida de las personas malvadas. Los celos de Dios (o su “amor apasionado”) no tienen las connotaciones negativas de los celos humanos. Nunca obedecen a la envidia, sino al legítimo anhelo de disfrutar de una relación exclusiva con su pueblo y para el bien de este.
¿Cómo podemos aprender a reflejar el mismo tipo de “celos” positivos hacia los demás que Dios muestra hacia nosotros?
Comentarios Elena G.W
Nuestro Dios es un Dios celoso; con Él no se juega…
Nunca podremos descubrir a Dios buscando. Él no abre Sus planes a mentes curiosas e inquisitivas. No debemos intentar levantar con mano presuntuosa la cortina tras la cual Él vela su majestad. El apóstol exclama: «¡Cuán inescrutables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!». Es una prueba de Su misericordia que se oculte Su poder, que esté envuelto en las horribles nubes del misterio y la oscuridad; porque levantar la cortina que oculta la Presencia Divina es la muerte. Ninguna mente mortal puede penetrar el secreto en el que el Poderoso mora y obra. No podemos comprender más de sus tratos con nosotros y de los motivos que le mueven de lo que Él cree conveniente revelar. Él ordena todo en justicia, y nosotros no debemos sentirnos insatisfechos y desconfiados, sino inclinarnos en reverente sumisión. Él nos revelará tanto de sus propósitos como nos convenga saber; y más allá de eso debemos confiar en la mano omnipotente y en el corazón lleno de amor.
En sus tratos con la raza humana, Dios se ensaña con los impenitentes. Utiliza los medios que ha designado para llamar a los hombres a la lealtad, y les ofrece su pleno perdón si se arrepienten. Pero como Dios sufre por mucho tiempo, los hombres presumen de Su misericordia… La paciencia y la longanimidad de Dios, que deberían ablandar y someter el alma, tienen una influencia totalmente diferente sobre los descuidados y pecadores. Los lleva a abandonar la restricción y los fortalece en la resistencia…
Muy pocos se dan cuenta de la pecaminosidad del pecado; se halagan pensando que Dios es demasiado bueno para castigar al ofensor. Pero los casos de Miriam, Aarón, David y muchos otros demuestran que no es seguro pecar contra Dios de hecho, de palabra o incluso de pensamiento. Dios es un ser de amor y compasión infinitos, pero también se declara a sí mismo como un «fuego consumidor, un Dios celoso» (Comentarios de Elena G. de White, en Seventh-day Adventist Bible Commentary, vol. 3, p. 1166).
El matrimonio, una unión para toda la vida, es un símbolo de la unión entre Cristo y Su iglesia. El espíritu que Cristo manifiesta hacia la iglesia es el espíritu que marido y mujer deben manifestar el uno hacia el otro.
Ni el marido ni la mujer deben pedir el gobierno. El Señor ha establecido el principio que debe guiar este asunto. El marido debe amar a su mujer como Cristo ama a la Iglesia. Y la esposa debe respetar y amar a su marido. Ambos deben cultivar el espíritu de bondad, decididos a no afligir ni herir al otro…
No dejéis que vuestra vida matrimonial sea un conflicto. Si lo hacéis, ambos infelices. Sean amables al hablar y gentiles al actuar, renunciando a sus propios deseos… Llevad a vuestra vida unida la fragancia de la semejanza a Cristo (Testimonios para la Iglesia, vol. 7, pp. 46, 47).


