LA GUERRA DETRÁS DE TODAS LAS GUERRAS
“Hubo una gran batalla en el cielo. Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón, y el dragón y sus ángeles combatieron; pero estos no prevalecieron, ni se halló más lugar para ellos en el cielo” (Apoc. 12:7, 8).
Miércoles: 3 de abril
EL AMOR ENCUENTRA UNA MANERA
Adán y Eva han pecado, y Dios les ha dicho que deben abandonar el Jardín. A partir de ahora, el trabajo doloroso y el sufrimiento serán su destino. ¿Tendrán que sufrir y finalmente morir sin esperanza? ¿Es la muerte el final de todo?
En ese momento, Dios les hizo la promesa que se registra en Génesis 3:15. Mirando directamente a Satanás, la serpiente, dijo: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y el Descendiente de ella. Tú le herirás el talón, pero él te aplastará la cabeza”. Es probable que en aquel momento no hayan comprendido plenamente todo lo que esto significaba, pero les quedó claro que podían volver a tener esperanza. De alguna manera, mediante “el Descendiente de ella [la mujer]”, llegaría la redención de ellos.
“El Descendiente de ella”, por supuesto, es Jesucristo (Gál. 3:16). En la Cruz, Satanás le hirió el talón. Pero la victoria de Jesús es nuestra garantía de que un día la cabeza de la serpiente será aplastada, y la puerta del sufrimiento y la muerte que Adán y Eva abrieron se cerrará en su momento.
Lee Hebreos 2:9; Gálatas 3:13; y 2 Corintios 5:21. ¿Qué nos dicen estos versículos sobre la inmensidad del sacrificio de Cristo en la Cruz?
Hebreos 2:9
9 Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos.
Gálatas 3:13
13 Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero),
2 Corintios 5:21
21 Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.
¿Te has preguntado alguna vez si Dios te ama de verdad? Mira la Cruz; mira la corona de espinas; mira los clavos en sus manos y sus pies. Con cada gota de sangre que Jesús derramó en el Calvario, Dios te dice: Te amo. No quiero estar en el Cielo sin ti. Sí, tú has pecado; te has vendido en manos del Enemigo; sí, por ti mismo no eres digno de la vida eterna. Pero yo he pagado el rescate para recuperarte. Nunca más tendrás que dudar si eres amado cuando mires la Cruz.
La Biblia habla de un Jesús que vino a este mundo, experimentó angustia, decepción y dolor en común con toda la humanidad. Revela a un Cristo que se enfrentó a las mismas tentaciones que nosotros, un Cristo que triunfó sobre los principados y las potestades del infierno tanto en su vida como mediante su muerte en la Cruz; todo, por cada uno de nosotros, personalmente.
Pensemos en esto: Jesús, aquel que creó el cosmos (ver Juan 1:3), bajó del Cielo, y no solo vino a este mundo caído, sino además sufrió en él de un modo que ninguno de nosotros podrá experimentar jamás (ver Isa. 53:1-5). Y lo hizo porque nos amaba, a cada uno de nosotros. ¡Qué poderosa razón para tener esperanza!
¿Cómo respondió Cristo a las acusaciones de Satanás en la Cruz? A la luz del gran conflicto entre el bien y el mal, ¿qué consiguió con su muerte?
Comentarios Elena G.W
¡Cuán inconfundiblemente claras eran las profecías de Isaías res-pecto a los sufrimientos y la muerte de Cristo!…
Aun la forma de su muerte había sido prefigurada. Como la serpiente de metal había sido levantada en el desierto, así iba a ser levantado el Redentor venidero, para que “todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Juan 3:16…
Pero el que iba a sufrir la muerte a manos de hombres impíos, se levantaría de nuevo como un vencedor del pecado y del sepulcro. Bajo la inspiración del Todopoderoso, el dulce cantor de Israel había dado testimonio de las glorias de la mañana de la resurrección. “También mi carne-proclamó alegremente reposará segura. Porque no dejarás mi alma en el sepulcro; ni permitirás que tu santo vea corrupción». Salmo 16:9,10.
Pablo mostró cuán estrechamente había ligado Dios el servicio de los sacrificios con las profecías relativas a Aquel que iba a ser llevado como cordero al matadero. El Mesías iba a dar su vida como “expiación por el pecado”. Mirando hacia adelante a través de los siglos las escenas de la expiación del Salvador, el profeta Isaías había testificado que el Cordero de Dios “derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los perversos, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores”. Isaías 53:7,10, 12 (Los hechos de los apóstoles, pp.183,184).
El unigénito Hijo de Dios se dispuso a dejar las cortes celestiales y venir a este mundo para vivir en medio de gente desagradecida que no quería aceptar su misericordia y su gracia. Aceptó vivir una vida de pobreza, y soportar sufrimientos y tentaciones. Fue varón de dolores, experimentado en quebranto. La Palabra declara: “Como que escondimos de él el rostro”. Isaías 53:3. Uno de sus discípulos, Pedro, lo negó, y Judas lo traicionó. La gente que vino a bendecir lo rechazó. Lo sometieron a la vergüenza y le causaron indecibles sufrimientos. Le pusieron una corona de espinas que traspasó sus santas sienes. Lo azotaron y lo clavaron a la cruz. No obstante, en medio de todo esto, ni una sola palabra de queja se escapó de sus labios…
Cristo soportó todos esos sufrimientos para obtener el derecho de conferir justicia eterna a todos los que creyeran en él. ¡Oh, cuando pienso en esto, llego a la conclusión de que jamás debería brotar de tes labios la menor queja! (Cada día con Dios, 26 de julio, p. 214).
En ocasión de la crucifixión de Cristo, los que habían sido sanados no se unieron con la turba para clamar: «¡Crucifícale! ¡crucifícale!” Sus simpatías acompañaban a Jesús; porque habían sentido su gran simpatía y su poder admirable. Le conocían como su Salvador, porque él les había dado salud del cuerpo y del alma. Escucharon la predicación de los apóstoles, y la entrada de la palabra de Dios en su corazón les dio entendimiento. Llegaron a ser agentes de la misericordia de Dios, e instrumentos de su salvación (El Deseado de todas las gentes, p. 135).


