CÓMO LEER SALMOS
“Después les dijo: ‘Estas son las palabras que les hablé cuando estaba aún con ustedes; que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los Salmos’. Entonces les abrió el sentido, para que entendiesen las Escrituras” (Luc. 24:44, 45).
Miércoles: 3 de enero
ORACIONES INSPIRADAS
Lee 2 Samuel 23:1 y 2; y Romanos 8:26 y 27. ¿Qué nos enseñan estos textos sobre la oración?
2 Samuel 23:1-2
1 Estas son las palabras postreras de David. Dijo David hijo de Isaí, Dijo aquel varón que fue levantado en alto, El ungido del Dios de Jacob, El dulce cantor de Israel: 2 El Espíritu de Jehová ha hablado por mí, Y su palabra ha estado en mi lengua.
Romanos 8:26-27
26 Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. 27 Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos.
Los salmos son oraciones y alabanzas inspiradas de Israel, por lo que en ellos la voz es la de Dios entremezclada con la de su pueblo. Los salmos asumen la dinámica de interacciones vívidas con Dios.
Los salmistas se dirigen a Dios personalmente como “Dios mío”, “Señor” y “Rey mío” (Sal. 5:2; 84:3). Los salmistas a menudo imploran a Dios: “escucha” (Sal. 5:1); “oye mi oración” (Sal. 39:12); “mira” (Sal. 25:18); “respóndeme” (Sal. 102:2, RVC); y “líbrame” (Sal. 6:4). Estas son claramente las expresiones de alguien que ora a Dios.
La notable belleza y atractivo de los salmos como oraciones y alabanzas reside en el hecho de que Salmos es la Palabra de Dios en forma de oraciones y alabanzas piadosas de los creyentes. Por ende, los salmos aportan momentos de intimidad a los hijos de Dios, como los descritos en Romanos 8:26 y 27: “Además, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad. Porque no sabemos pedir lo que conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. El que sondea los corazones conoce la intención del Espíritu, e intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios”.
Jesús también citó de Salmos, como en Lucas 20:42 y 43, cuando señaló directamente a Salmo 110:1: “Y el mismo David dice en el libro de los Salmos: ‘Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies’ ”.
Aunque algunos salmos han surgido de acontecimientos históricos específicos y de las experiencias de los propios salmistas, así como de las experiencias de Israel como nación, la profundidad espiritual de Salmos aborda una variedad de situaciones de la vida y cruza todas las fronteras culturales, religiosas, étnicas y de género. En otras palabras, cuando leas los salmos, verás que expresan esperanza, alabanza, miedo, ira, tristeza y dolor, cosas que afronta la gente en todas partes, en todas las épocas, más allá de las circunstancias. Nos hablan a todos, en el lenguaje de nuestras propias experiencias.
¿Qué nos dice el uso que Jesús hace de los salmos sobre la importancia que pueden tener en nuestra experiencia de fe?
Comentarios Elena G.W
Hay en la fe genuina un bienestar, una firmeza de principios y una invariabilidad de propósito que ni el tiempo ni las pruebas pueden debilitar. “Los mancebos se fatigan y se cansan, los mozos flaquean y caen: más los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán las alas como águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán”. Isaías 40: 30, 31…
Presenten… sus peticiones ante el trono de la gracia. Rogad por el Espíritu Santo. Dios respalda cada promesa que ha hecho. Con vuestra Biblia en la mano, decid: Yo he hecho como tú has dicho. Presento tu promesa: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y os será abierto”.
No solamente debemos orar en el nombre de Cristo, sino por la inspiración del Espíritu Santo. Esto explica lo que significa el pasaje que dice que “el mismo Espíritu pide por nosotros con gemidos indecibles”. Romanos 8:26. Dios se deleita en contestar tal oración. Cuando con fervor e intensidad expresamos una oración en el nombre de Cristo, hay en esa misma intensidad una prenda de Dios que nos asegura que él está por contestar nuestra oración “mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos”. Efesios 3:20 (Palabras de vida del gran Maestro, p. 113).
A Jesús se le encontraba a menudo en oración. Se retiraba a los huertos solitarios o a las montañas para dar a conocer sus peticiones a su Padre. Cuando había terminado los quehaceres y los cuidados del día, y los cansados buscaban reposo, Jesús dedicaba el tiempo a la oración. No quisiéramos desalentar el espíritu de oración; porque no se ora ni se vela bastante. Y menos aún se ora con el Espíritu y también con comprensión. La oración ferviente y eficaz es siempre oportuna, y nunca cansará. Una oración tal interesa y refrigera a todos los que tienen amor por la devoción.
Se descuida la oración secreta, y ésta es la razón por la cual muchos hacen oraciones tan largas, tediosas y sin valor cuando se reúnen para adorar a Dios. Repasan en sus oraciones una semana de deberes descuidados y oran en círculo, esperando compensar su negligencia y apaciguar su conciencia. Esperan ganar por su oración el favor de Dios. Pero con frecuencia estas oraciones logran solamente hacer bajar a otros al nivel de las tinieblas espirituales en que está la persona que las hace. Si los cristianos quisieran apropiarse las enseñanzas de Cristo acerca de velar y orar, rendirían un culto más inteligente a Dios (Testimonios para la iglesia, t. 2, p. 515).
Cuando nos encontramos en situaciones difíciles, Dios manifiesta su poder y sabiduría en respuesta a la humilde oración. Confiad en él, porque oye y atiende las oraciones. Se manifestará a vosotros como Aquel que puede asistir en cualquier emergencia. El que creó al hombre y le dio sus maravillosas facultades físicas, mentales y espirituales, no le negará lo necesario para sostener la vida que le dio. El que nos dio su Palabra, hojas del árbol de la vida, no nos negará el conocimiento que necesitamos para alimentar a sus hijos menesterosos (El ministerio de la curación, pp. 151, 152).


