LAS PLAGAS
“Y cuando sus hijos les pregunten: ‘¿Qué significa este rito?’, responderán: ‘Es la víctima de la Pascua en honor del Señor, que pasó por alto las casas de los israelitas en Egipto, cuando hirió a los egipcios, y libró nuestras casas’ ” (Éxo. 12:26, 27).
Miércoles: 30 de julio
PASAR LA ANTORCHA
El salmista declara cómo pueden nuestros hijos conocer a Dios y su amoroso cuidado: “Una generación exaltará tus obras ante la otra y anunciará tus portentos” (Sal. 145:4). Una familia debe hablar a otra familia acerca de Dios, de sus maravillosas obras y de sus enseñanzas, todo ello con el fin de transmitir el conocimiento bíblico a otra generación.
Lee Éxodo 12:24 al 28. ¿Qué punto importante se planteó aquí?
Éxodo 12:24-28
24 Guardaréis esto por estatuto para vosotros y para vuestros hijos para siempre. 25 Y cuando entréis en la tierra que Jehová os dará, como prometió, guardaréis este rito. 26 Y cuando os dijeren vuestros hijos: ¿Qué es este rito vuestro?, 27 vosotros responderéis: Es la víctima de la pascua de Jehová, el cual pasó por encima de las casas de los hijos de Israel en Egipto, cuando hirió a los egipcios, y libró nuestras casas. Entonces el pueblo se inclinó y adoró. 28 Y los hijos de Israel fueron e hicieron puntualmente así, como Jehová había mandado a Moisés y a Aarón.
Los padres eran los primeros maestros en Israel y debían contar la historia del éxodo a sus hijos. No debían hacerlo como si se tratara de un mero acontecimiento histórico pasado, sino que debía presentárseles como su propia experiencia, aunque hubiera ocurrido mucho tiempo antes. Debían identificarse con sus antepasados al celebrar esta fiesta, y la historia debía ser revivida y actualizada. El padre decía: “Estuve en Egipto, vi la derrota de los dioses egipcios y las plagas sobre Egipto, y fui liberado”. El libro de Éxodo subraya dos veces cómo debían los padres responder las preguntas de sus hijos acerca de la Pascua (ver Éxo. 13:14-16; Deut. 26:5-9).
Es digno de notar que los israelitas estaban aún en Egipto cuando se les dijo que celebraran su liberación. Toda la celebración fue, pues, un acto de fe. Tras recibir las instrucciones, “el pueblo se inclinó y adoró” (Éxo. 12:27) a su Redentor, y luego siguieron las indicaciones acerca de la Pascua.
En el libro del Deuteronomio se recuerda a los israelitas que debían contar su historia de tal manera que pudieran internalizarla como si se hubiera tratado de su propio viaje. Nótese el tono colectivo de este relato, así como el énfasis en la experiencia presente: “Entonces dirás ante el Señor tu Dios: ‘Un arameo a punto de perecer fue mi padre. Descendió a Egipto con pocos hombres; habitó allí, y llegó a ser un pueblo grande y numeroso. Los egipcios nos maltrataron, nos afligieron y nos sometieron a dura servidumbre; clamamos al Señor Dios de nuestros padres, y él oyó nuestra voz, vio nuestra aflicción, nuestro trabajo y nuestra opresión, y nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, con grandes portentos, señales y milagros, y nos trajo a este lugar, y nos dio esta tierra que mana leche y miel’ ” (Deut. 26:5-9).
Además, cada vez que refirieran la historia de la Pascua (o cualquier acontecimiento de la historia sagrada) a sus hijos, los padres mismos recordarían lo que Dios había hecho por ellos y por el pueblo. Rememorar la Pascua era, pues, una bendición tanto para quien lo hacía a viva voz como para los oyentes.
Comentarios Elena G.W
El Señor dio a Moisés instrucciones especiales para los hijos de Israel con respecto a lo que debían hacer para preservarse a sí mismos y a sus familias de la temible plaga que estaba a punto de enviar sobre los egipcios. Moisés también debía dar instrucciones a su pueblo con respecto a su salida de Egipto. En aquella noche, tan terrible para los egipcios y tan gloriosa para el pueblo de Dios, se instituyó el solemne rito de la Pascua. Por mandato divino, cada familia, sola o junta con otras, debía degollar un cordero o un macho cabrío «sin defecto», y con un manojo de hisopo «untar el dintel y los dos postes» de sus casas con la sangre, como señal de que el ángel destructor, que llegaría a medianoche, no entrara en esa vivienda. Debían comer la carne asada, con hierbas amargas, por la noche, como dijo Moisés, «ceñidos vuestros lomos, vuestro calzado en vuestros pies, y vuestro bordón en vuestra mano; y lo comeréis apresuradamente; es la Pascua de Jehová». Este nombre fue dado en memoria del paso del ángel por sus moradas; y tal fiesta debía ser observada como un memorial por el pueblo de Israel en todas las generaciones futuras (From the Heart, 29 de julio, p. 222).
Todos los actos de la vida de Jesús fueron importantes. Cada acontecimiento de su vida era para el beneficio de sus seguidores del futuro. Esta circunstancia de la demora de Cristo en Jerusalén enseña una lección importante a los que habían de creer en él. Muchos habían recorrido grandes distancias para celebrar la Pascua, instituida para que los hebreos recordaran su maravillosa liberación de Egipto. Esta ordenanza tenía por objeto apartar sus mentes de sus intereses mundanos, y de sus preocupaciones y ansiedades en relación con los asuntos temporales, y repasar las obras de Dios. Debían recordar sus milagros, sus misericordias y su amorosa bondad para con ellos, a fin de que su amor y reverencia por él aumentaran y los llevaran a acudir siempre a él y a confiar en él en todas sus pruebas, y a no volverse hacia otros dioses.
La observancia de la Pascua poseía un interés solemne para el Hijo de Dios. Veía en el cordero degollado un símbolo de su propia muerte. Al pueblo que celebraba esta ordenanza se le instruía para que asociara el sacrificio del cordero con la muerte futura del Hijo de Dios. La sangre, que marcaba los postes de las puertas de sus casas, era el símbolo de la sangre de Cristo, que había de ser eficaz para el pecador creyente, limpiándolo del pecado y protegiéndolo de la ira de Dios que había de caer sobre el mundo impenitente e incrédulo, tal como la ira de Dios cayó sobre los egipcios. Pero nadie podía beneficiarse de esta provisión especial que Dios había hecho para la salvación del hombre, a menos que realizara la obra que el Señor le había encomendado. Ellos mismos tenían una parte que desempeñar: por sus actos debían manifestar su fe en la provisión hecha para su salvación (The Review and Herald, 31 de diciembre, 1872, párr. 11, 12).


