EL GRAN PLAN CRISTOCÉNTRICO DE DIOS
“Alabado sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en Cristo nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos” (Efe. 1:3).
Miércoles: 5 de julio
VIVIR PARA ALABAR SU GLORIA
“En él hemos obtenido también una herencia, habiendo sido predestinados conforme al plan del que hace todo según el propósito de su voluntad, para que nosotros, que fuimos los primeros en Cristo, seamos para alabanza de su gloria” (Efe. 1:11, 12).
Los creyentes de Éfeso parecen haber perdido el sentido claro de quiénes son como cristianos, han “desmayado” (ver Efe. 3:13). En consonancia con lo que afirmó anteriormente (Efe. 1:3-5), Pablo desea volver a reforzar su identidad como cristianos. Los creyentes no son víctimas de decisiones fortuitas ni arbitrarias de diversas deidades o poderes astrales. Son hijos de Dios (Efe. 1:5) y tienen acceso a muchas bendiciones por medio de Cristo, basadas en los profundos consejos y en las eternas decisiones de Dios. Es el propósito, el consejo y la voluntad de Dios (Efe. 1:11) lo que se está llevando a cabo en su vida según el plan aún más amplio de Dios de unir todas las cosas en Cristo (Efe. 1:10). Pueden tener una confianza inquebrantable en su reputación ante Dios y en la eficacia de las bendiciones que él ofrece. Su vida debe exaltar el mensaje de Efesios 1:3 al 14: ¡Bendito sea Dios, nuestro Padre, y el Señor Jesucristo!
Compara los usos de la idea de “herencia” en Efesios 1:11, 14 y 18. ¿Por qué crees que esta idea es importante para Pablo?
Efesios 1:11, 14 y 18
11 En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad,
14 que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.
18 alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos,
¿Alguna vez recibiste una herencia como resultado de la muerte de alguien? Quizás un familiar te haya dejado un tesoro valioso o una suma considerable de dinero. Según Pablo, en virtud de la muerte de Jesús, los cristianos han recibido una herencia de parte de Dios (Efe. 1:14) y se han convertido en una “herencia” para Dios (Efe. 1:18).
En el Antiguo Testamento, a veces se considera que el pueblo de Dios es su “herencia”, o “heredad” (Deut. 9:29; 32:9; Zac. 2:12). Este sentido de ser (o de llegar a ser) la herencia de Dios es claro en Efesios 1:18, y también es el significado probable del término en Efesios 1:11 (que luego se tradujo como: “En él somos hechos una herencia” [traducción del autor]). Como elemento central de su identidad cristiana, Pablo desea que los creyentes conozcan su valor para Dios. No solo poseen una herencia de Dios (Efe. 1:14; 3:6; comparar con Efe. 5:5), sino además son la herencia de Dios.
¿Cuál es la diferencia entre trabajar para obtener algo y heredarlo? ¿Cómo nos ayuda esta idea a entender lo que hemos recibido en Jesús?
Comentarios Elena G.W
Cristo nunca debiera estar alejado de nuestra mente. Los ángeles dijeron de El: «Llamarás su nombre JESUS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Mateo 1:21. ¡Qué precioso Salvador es Jesús! Seguridad, auxilio, confianza y paz hay en él. Es el disipador de todas nuestras dudas, la prenda de todas nuestras esperanzas. Cuán precioso es el pensamiento de que realmente podemos llegar a ser participantes de la naturaleza divina, con la que podemos vencer así como Jesús venció. Jesús es la plenitud de nuestras expectativas. Es la melodía de nuestros himnos, la sombra de una gran roca en el desierto. Es el agua viva para el alma sedienta. Es nuestro refugio en la tempestad. Es nuestra justicia, nuestra santificación, nuestra redención. Cuando Cristo es nuestro Salvador personal, anunciaremos las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable (Reflejemos a Jesús, p. 13).
Y antes de mucho las puertas del cielo se abrirán para recibir a los hijos de Dios, y de los labios del Rey de gloria resonará en sus oídos, como la música más dulce, la invitación: «¡Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino destinado para vosotros desde la fundación del mundo!» Mateo 25:34.
Entonces los redimidos recibirán con gozo la bienvenida al hogar que el Señor Jesús les está preparando. Allí su compañía… será… los que hayan vencido a Satanás y por la gracia divina hayan adquirido un carácter perfecto. Toda tendencia pecaminosa, toda imperfección que los aflige aquí, habrá sido quitada por la sangre de Cristo, y se les comunicará la excelencia y brillantez de su gloria, que excede con mucho a la del sol…
En vista de la herencia gloriosa que puede ser suya, «¿qué rescate dará el hombre por su alma?» Mateo 16:26… El alma redimida y limpiada de pecado, con todas sus nobles facultades dedicadas al servicio de Dios, es de un valor incomparable; y hay gozo en el cielo delante de Dios y de los santos ángeles por cada alma rescatada, un gozo que se expresa con cánticos de santo triunfo (El camino a Cristo, pp. 125, 126).
Algunas veces los cristianos piensan que sus dificultades son la consecuencia de haberse adherido a una verdad impopular, y de profesar ser seguidores de Cristo; creen que eso es lo que hace más duro el camino y cuesta tantos sacrificios realizar, cuando en realidad no hacen ningún sacrificio. Si en verdad son adoptados en la familia de Dios, ¿qué sacrificio pueden hacer? Al seguir a Cristo habrán tenido que cortar alguna amistad con sus relaciones amadoras del mundo, pero contemplemos el cambio sus nombres escritos en el libro de la vida del Cordero, elevados, sí, grandemente exaltados, para ser partícipes de la salvación, herederos de Dios y coherederos con Jesucristo en una herencia imperecedera…
Si hay alguien que continuamente debe estar agradecido, es el seguidor de Cristo. Si hay alguien que disfruta de un verdadero gozo aun en esta vida, es el fiel cristiano… Si apreciamos o tenemos sentido del costo de nuestra salvación, todo lo que podamos llamar sacrificio desaparecerá en la insignificancia (Nuestra elevada vocación, p. 203).


