ENTENDIENDO EL SACRIFICIO
“Y cantaban un nuevo cántico, diciendo: ‘Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación’ ” (Apoc. 5:9, RVR 1960).
Miércoles: 7 de mayo
JESÚS EN EL TEMPLO
Hay tensión en toda la historia de la Salvación. Dios desea restaurar la comunión que una vez disfrutamos con él y anhela acercarse a nosotros, pero llevar a los pecadores a su presencia los destruiría. “Tú no eres un Dios que se complace en la maldad. El malo no habitará junto a ti”, escribe David (Sal. 5:4). Al mismo tiempo, David también dice: “Pero yo, por la riqueza de tu constante amor, entraré en tu casa. Con reverencia adoraré en tu santo templo” (Sal. 5:7).
Lee Hageo 2:7 al 9. Mientras se construía el segundo Templo, el profeta Hageo comunicó la asombrosa promesa de que el nuevo Templo sería más glorioso que el anterior. ¿Qué significaba esa profecía?
Hageo 2:7-9
7 y haré temblar a todas las naciones, y vendrá el Deseado de todas las naciones; y llenaré de gloria esta casa, ha dicho Jehová de los ejércitos. 8 Mía es la plata, y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos. 9 La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho Jehová de los ejércitos; y daré paz en este lugar, dice Jehová de los ejércitos.
Cuando Salomón dedicó el primer Templo, la gloria (kabod) de Dios que había acompañado a los hijos de Israel en su camino a Canaán llenó el Templo, por lo que los sacerdotes no pudieron permanecer allí para completar su labor (1 Rey. 8:10, 11). Cuando se dedicó el segundo Templo, no estaba en él el Arca de la Alianza, que representaba el Trono de Dios, pues Jeremías la había escondido. La presencia literal de Dios no llenó el Templo esta vez. Fue desgarrador. ¿Cómo se haría realidad la promesa registrada por Hageo? Fue en el segundo Templo donde Jesús, la encarnación de Dios, apareció en persona, en carne y hueso. Dios mismo había salido de detrás del velo para convertirse en uno de nosotros y unirse a nosotros en este mundo arruinado por el pecado. Puesto que el Hijo de Dios era ahora el Hijo del Hombre, podíamos ver su rostro, oír su voz y ser testigos, por ejemplo, de cuando curó con su toque a un leproso impuro (Mat. 8:3). En lugar de acercarnos a él, Dios se acercó personalmente a nosotros cuando descendió en la persona de Jesús y vino a nuestro encuentro. No es, pues, de extrañar que la Biblia dijera de Jesús: “La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y lo llamarán Emanuel, que significa: ‘Dios con nosotros’ ” (Mat. 1:23). Piensa en lo que esto significa, que el Creador del cosmos haya estado dispuesto no solo a vivir entre nosotros, sino a morir por nosotros.
La Cruz es la mayor manifestación del amor de Dios. ¿De qué otras maneras podemos ver y experimentar la realidad del amor de Dios?
Comentarios Elena G.W
«Y será llamado su nombre Emmanuel… Dios con nosotros». «La luz del conocimiento de la gloria de Dios», se ve «en el rostro de Jesucristo». Desde los días de la eternidad, el Señor Jesucristo era uno con el Padre; era «la imagen de Dios», la imagen de su grandeza y majestad, «el resplandor de su gloria». Vino a nuestro mundo para manifestar esta gloria. Vino a esta tierra obscurecida por el pecado para revelar la luz del amor de Dios, para ser «Dios con nosotros». (Por lo tanto, fue profetizado de él: «Y será llamado su nombre Emmanuel»
Al venir a morar con nosotros, Jesús iba a revelar a Dios tanto a los hombres como a los ángeles. El era la Palabra de Dios: el pensamiento de Dios hecho audible. En su oración por sus discípulos, dice: «Yo les he manifestado tu nombre» «misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en benignidad y verdad» «para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos». Pero no solo para sus hijos nacidos en la tierra fue dada esta revelación. Nuestro pequeño mundo es un libro de texto para el universo. El maravilloso y misericordioso propósito de Dios, el misterio del amor redentor, es el tema en el cual «desean mirar los ángeles», y será su estudio a través de los siglos sin fin. Tanto los redimidos como los seres que nunca cayeron hallarán en la cruz de Cristo su ciencia y su canción. Se verá que la gloria que resplandece en el rostro de Jesús es la gloria del amor abnegado. A la luz del Calvario, se verá que la ley del renunciamiento por amor es la ley de la vida para la tierra y el cielo; que el amor que «no busca lo suyo» tiene su fuente en el corazón de Dios; y que en el Manso y Humilde se manifiesta el carácter de Aquel que mora en la luz inaccesible al hombre (El Deseado de todas las gentes, p. 11).
Dios ordenó a Moisés respecto a Israel: «Hacerme han un santuario, y yo habitaré entre ellos» (Éxodo 25:8), y moraba en el santuario en medio de su pueblo. Durante todas sus penosas peregrinaciones en el desierto, estuvo con ellos el símbolo de su presencia. Así Cristo levantó su tabernáculo en medio de nuestro campamento humano. Hincó su tienda al lado de la tienda de los hombres, a fin de morar entre nosotros y familiarizarnos con su vida y carácter divinos. «Aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad». Juan 1:14.
Desde que Jesús vino a morar con nosotros, sabemos que Dios conoce nuestras pruebas y simpatiza con nuestros pesares. Cada hijo e hija de Adán puede comprender que nuestro Creador es el amigo de los pecadores. Porque en toda doctrina de gracia, toda promesa de gozo, todo acto de amor, toda atracción divina presentada en la vida del Salvador en la tierra, vemos a «Dios con nosotros» (El Deseado de todas las gentes, p. 15).


