VIDA Y MUERTE
“Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Fil. 1:21).
Sábado: 10 de enero
VIDA Y MUERTE
Suele decirse que la muerte es parte de la vida. Eso no es cierto. La muerte es lo contrario de la vida, el enemigo de la vida. Pablo dice enfáticamente que Cristo murió para “destruir por su muerte al que tenía el dominio de la muerte, a saber, al diablo; y librar a los que por temor a la muerte vivían como esclavos toda su vida” (Heb. 2:14, 15).
Aunque estaba dispuesto a morir por Cristo, Pablo confiaba en su destino eterno. Mientras tanto, lo más importante para él era honrar a Cristo y predicar el evangelio al mayor número posible de personas con su propia vida o con su muerte. Tal vez esa sea una de las razones por las que tenemos tantas epístolas suyas, por medio de las cuales pudo llegar a muchas personas y lugares, incluso a algunos sitios que él mismo nunca visitó.
La vida es breve, por lo que debemos hacer el mayor impacto posible para el Reino de Dios en el lapso de los años que Dios nos concede. Buena parte de ese impacto tiene que ver con que fomentemos “la unidad de la fe” (Efe. 4:13). Como veremos a principios de esta semana, este tema fue una de las importantes razones por las que Pablo escribió a los filipenses.
Comentarios Elena G.W
La única salvaguardia contra el mal consiste en que mediante la fe en su justicia Cristo more en el corazón. La tentación tiene poder sobre nosotros porque existe egoísmo en nuestros corazones. Pero cuando contemplamos el gran amor de Dios, vemos el egoísmo en su carácter horrible y repugnante, y deseamos que sea expulsado del alma. A medida que el Espíritu Santo glorifica a Cristo, nuestro corazón se ablanda y se somete, la tentación pierde su poder y la gracia de Cristo transforma el carácter.
Cristo no abandonará al alma por la cual murió. Ella puede dejarlo a él y ser vencida por la tentación; pero nunca puede apartarse Cristo de uno a quien compró con su propia vida. Si pudiera agudizarse nuestra visión espiritual, veríamos almas oprimidas y sobrecargadas de tristeza, a punto de morir de desaliento. Veríamos ángeles volando rápidamente para socorrer a estos tentados, quienes se hallan como al borde de un precipicio. Los ángeles del cielo rechazan las huestes del mal que rodean a estas almas, y las guían hasta que pisen un fundamento seguro. Las batallas entre los dos ejércitos son tan reales como las que sostienen los ejércitos del mundo, y del resultado del conflicto espiritual dependen los destinos eternos.
A nosotros, como a Pedro, se nos dice: «Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte». Gracias a Dios, no se nos deja solos. El que «de tal manera amó… al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna», no nos abandonará en la lucha contra el enemigo de Dios y de los hombres. «He aquí dice os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará». Lucas 22:31, 32; Juan 3:16; Lucas 10:19.
Vivamos en contacto con el Cristo vivo, y él nos asirá firmemente con una mano que nos guardará para siempre. Creamos en el amor con que Dios nos ama, y estaremos seguros; este amor es una fortaleza inexpugnable contra todos los engaños y ataques de Satanás (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 100, 101).
Por la conversión de un pecador, el ministro somete a máximo esfuerzo sus recursos. El alma que Dios ha creado y Cristo ha redimido es de gran valor, por causa de las posibilidades que tiene por delante, las ventajas espirituales que se le han concedido, las capacidades que puede poseer si la vivifica la Palabra de Dios, y la inmortalidad que puede obtener mediante la esperanza presentada en el evangelio. Y si Cristo dejó las noventa y nueve para poder buscar y salvar a la única oveja perdida, ¿podemos justificarnos nosotros si hacemos menos que esto? El dejar de trabajar como Cristo trabajó, de sacrificarse como él se sacrificó, ¿no es una traición de los cometidos sagrados, un insulto a Dios?
El corazón del verdadero ministro rebosa de un intenso anhelo de salvar almas. Gasta tiempo y fuerza, no escatima el penoso esfuerzo, porque otros deben oír las verdades que le proporcionaron a su propia alma tal alegría y paz y gozo. El Espíritu de Cristo descansa sobre él. Vela por las almas como quien debe dar cuenta. Con los ojos fijos en la cruz del Calvario, contemplando al Salvador levantado, confiando en su gracia, creyendo que estará con él hasta el fin como su escudo, su fuerza, su eficiencia, trabaja por Dios. Con invitaciones y súplicas, mezcladas con la seguridad del amor de Dios, trata de ganar almas para Cristo, y en los cielos se lo cuenta entre los que «son llamados y elegidos, y fieles». Apocalipsis 17:14 (Los hechos de los apóstoles, pp. 370, 371).


