Sábado 12 de marzo – AMOR Y JUSTICIA: LOS DOS MANDAMIENTOS MÁS IMPORTANTES

AMOR Y JUSTICIA: LOS DOS MANDAMIENTOS MÁS IMPORTANTES

“Si alguno dice: “Yo amo a Dios”, pero odia a su hermano, es mentiroso, pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (1 Juan 4: 20).

Sábado: 12 de marzo

AMOR Y JUSTICIA: LOS DOS MANDAMIENTOS MÁS IMPORTANTES

Si bien confiamos en que Dios pondrá finalmente en orden todas las cosas, sigue siendo importante lo que los cristianos hagamos aquí y ahora. Aunque pueden existir muchas injusticias y males que Dios no erradicará en el presente debido a los parámetros del Conflicto Cósmico, esto no significa que no podamos ser utilizados para ayudar a aliviar en lo posible cualquier sufrimiento y mal que encontremos.

Como hemos visto, el amor y la justicia son inseparables. Dios ama la justicia. Por consiguiente, si amamos a Dios, también amaremos la justicia.

Del mismo modo, si amamos a Dios, nos amaremos unos a otros. Parte del amor mutuo consiste en compartir la preocupación por el bienestar de quienes nos rodean. Cuando otros sufren pobreza, opresión o cualquier tipo de injusticia, debemos preocuparnos. Cuando otros son oprimidos, no debemos mirar hacia otro lado. Debemos preguntarnos qué podemos hacer para promover el amor y la justicia de Dios de manera que reflejemos en nuestro estropeado mundo el carácter perfectamente recto y amoroso de nuestro Señor.

Comentarios Elena G.W

El amor de Juan por su Maestro no era una mera amistad humana; sino que era el amor de un pecador arrepentido, que sentía que había sido redimido por la preciosa sangre de Cristo. Estimaba como el mayor honor trabajar y sufrir en el servicio de su Señor. Su amor por Jesús lo inducía a amar a todos aquellos por quienes Cristo murió. Su religión era práctica. Razonaba que el amor a Dios debía manifestarse en el amor a sus hijos. Se lo oyó reiteradamente diciendo: «Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros». «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?» 1 Juan 4:11, 19, 20. La vida del apóstol estaba en armonía con sus enseñanzas. El amor que brillaba en su corazón por Cristo, lo indujo a realizar el más ferviente esfuerzo y la más incansable labor por sus semejantes, especialmente por sus hermanos en la iglesia cristiana. Era un poderoso predicador, ferviente y profundo en su sinceridad, y sus palabras llevaban consigo el peso de la convicción (La edificación del carácter, pp. 51, 52).

Si amamos a Dios de todo nuestro corazón, debemos amar también a sus hijos. Este amor es el Espíritu de Dios. Es el adorno celestial que da verdadera nobleza y dignidad al alma y asemeja nuestra vida a la del Maestro. Cualesquiera que sean las buenas cualidades que tengamos, por honorables y refinados que nos consideremos, si el alma no está bautizada con la gracia celestial del amor hacia Dios y hacia nuestros semejantes, nos falta verdadera bondad y no estamos listos para el cielo, donde todo es amor y unidad (Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 221).

Los siervos de Cristo no han de actuar según los dictados del corazón natural. Necesitan tener una íntima comunión con Dios, no sea que, bajo la provocación, el yo se levante y ellos dejen escapar un torrente de palabras inconvenientes, que disten mucho de ser como el rocío y como las suaves gotas que refrescan las plantas agostadas. Esto es lo que Satanás quiere que hagan; porque estos son sus métodos. Es el dragón el que se aíra, es el espíritu de Satanás el que se revela en la cólera y las acusaciones. Pero los siervos de Dios han de ser representantes suyos. Él desea que trafiquen únicamente con la moneda del cielo, la verdad que lleva su propia imagen e inscripción. El poder por el cual han de vencer al mal es el poder de Cristo. La gloria de Cristo es su fuerza. Han de fijar sus ojos en su hermosura. Entonces podrán presentar el evangelio con tacto y amabilidad divina. Y el espíritu que se mantiene amable bajo la provocación hablará más eficazmente en favor de la verdad que cualquier argumento (El Deseado de todas las gentes, pp. 319, 320).

Elena G.W

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