EL CONFLICTO DETRÁS DE TODOS LOS CONFLICTOS
“No ha habido día igual ni antes ni después, en que el Señor escuchara la voz de un hombre, porque el Señor luchó por Israel” (Jos. 10:14).
Sábado: 18 de octubre
EL CONFLICTO DETRÁS DE TODOS LOS CONFLICTOS
La lectura del libro de Josué nos confronta con las agresivas campañas militares llevadas a cabo por orden de Dios, en su nombre y con su ayuda.
La idea de que Dios estaba detrás de la conquista de Canaán impregna el libro de Josué y se expresa en las afirmaciones del narrador (Jos. 10:10, 11), en las propias palabras de Dios (Jos. 6:2; 8:1), en los discursos de Josué (Jos. 4:23, 24; 8:7) y en las afirmaciones de Rahab (Jos. 2:10), de los espías (Jos. 2:24) y del pueblo (Jos. 24:18). Dios aparece como el originador de estos violentos conflictos.
Esta realidad plantea preguntas inevitables. ¿Cómo entender que el pueblo elegido por Dios llevara a cabo tales acciones? ¿Cómo es posible conciliar la imagen de un Dios “guerrero” con su carácter de amor (por ejemplo, Éxo. 34:6; Sal. 86:15; 103:8; 108:4) sin que se vean afectadas la credibilidad, la autoridad y la historicidad del Antiguo Testamento?
Esta semana y la próxima exploraremos la difícil cuestión de las guerras libradas por mandato divino en el libro de Josué y en otros lugares.
Comentarios Elena G.W
Adán enseñó a sus descendientes la ley de Dios, y así fue transmitida de padres a hijos durante las siguientes generaciones. No obstante las medidas bondadosamente tomadas para la redención del hombre, pocos la aceptaron y prestaron obediencia. Debido a la transgresión, el mundo se envileció tanto que fue menester limpiarlo de su corrupción mediante el diluvio. La ley fue preservada por Noé y su familia, y Noé enseñó los diez mandamientos a sus descendientes. Cuando los hombres se apartaron nuevamente de Dios, el Señor eligió a Abraham, de quien declaró: «Oyó Abraham, mi voz, y guardó mis preceptos, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes». Génesis 26:5…
Respecto a la ley pronunciada en el Sinaí, dice Nehemías: «Sobre el monte de Sinaí descendiste, y hablaste con ellos desde el cielo, y dísteles juicios rectos, leyes verdaderas, y estatutos y mandamientos buenos». Nehemías 9:13. Y Pablo, el apóstol de los gentiles, declara: «La ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, y justo, y bueno». Romanos 7:12.
El mundo entero será juzgado por la ley moral, de acuerdo con la oportunidad que cada uno haya tenido de conocerla, ya sea por la razón, la tradición o la palabra escrita.
Contemplamos en ella la bondad de Dios, quien al revelar a los hombres los principios inmutables de justicia, procura escudarlos de los males que provienen de la transgresión…
La ley es una expresión del pensamiento de Dios. Cuando la recibimos en Cristo, se convierte en nuestro pensamiento. Nos eleva por encima del poder de los deseos y tendencias naturales, por encima de las tentaciones que conducen al pecado. «Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo». No hay paz para los impíos. Están en guerra contra Dios. Pero el que recibe la justicia de la ley en Cristo está en armonía con el cielo.
Al ser recibida en Cristo, ella obra en nosotros la pureza de carácter que nos traerá gozo a través de los siglos eternos (The Faith I Live By, p. 83; parcialmente en La fe por la cual vivo, 18 de marzo, p. 85).
Hay batallas que pelear cada día. En cada alma se combate una gran guerra entre el príncipe de las tinieblas y el Príncipe de vida… Como agentes de Dios debéis someteros a él, para que planee, dirija y pelee la batalla por vosotros, con vuestra cooperación. El Príncipe de vida está al frente de su obra. Él debe estar con vosotros en la batalla diaria con el yo para que podáis permanecer firmes a los principios; para que cuando las pasiones luchen por la supremacía, puedan ser doblegadas por la gracia de Cristo; para que seáis más que vencedores mediante Aquel que nos amó. Jesús ha estado sobre la tierra. Conoce el poder de cada tentación. Sabe cómo enfrentar cada emergencia, y cómo conduciros a través de cada sendero de peligro. Entonces, ¿por qué no confiar en él? (Conflicto y valor, 21 de abril, p. 117).


