Sábado 23 de agosto – CÓMO VIVIR LA LEY

CÓMO VIVIR LA LEY

“El Señor dijo a Moisés: ‘Así dirás a los israelitas: Ustedes han visto que les hablé desde el cielo. No hagan ningún dios de plata ni de oro para ponerlo junto a mí ’ ” (Éxo. 20:22, 23).

Sábado: 23 de agosto

CÓMO VIVIR LA LEY

Dios deseaba que su pueblo fuera diferente de las naciones circundantes. Quería que se establecieran como una devota comunidad de fe que viviera bajo su liderazgo y autoridad. Todos estarían sujetos a su Ley. Los jueces debían ser nombrados administradores de la Ley, y los sacerdotes debían enseñarla. Los padres también desempeñaban un papel crucial.

En cualquier cultura, las leyes revelan los ideales, objetivos, intenciones y carácter de los legisladores. Por ejemplo, cuando el faraón ordenó matar a todos los bebés varones hebreos, esa ley puso de manifiesto que era una persona malvada. A diferencia de ello, si un rey promulgara una ley para que todos los jóvenes de su reino recibieran una educación superior gratuita, muchos considerarían eso una demostración de la generosidad de ese monarca y de su deseo de que su país prosperara.

La Ley de Dios es una revelación acerca de él, de su bondad, amor, valores, rectitud y oposición al mal. Puesto que la Ley es santa y justa, Dios también lo es. La Ley genera un ámbito propicio para una vida abundante y, si la obedecemos, nos pone a resguardo de peligros y calamidades. El respeto a Dios, a los demás y a los valores de la vida es la base del sistema legislativo divino.

Comentarios Elena G.W

La ley de Dios es su gran norma de justicia. Esta ley es perfecta en todos sus requerimientos; y Dios nos exhorta a obedecerla, porque por ella se decidirán nuestros casos en aquel día en que se abran los libros del cielo, y las acciones de todos sean examinadas ante el Juez del universo.

Pero hay, y siempre ha habido, dos clases en este mundo; y es sumamente importante la pregunta: ¿Qué constituye la diferencia entre estas dos clases? Una clase ama y teme a Dios; la otra no desea siquiera conocerlo. Una clase rinde obediencia a su ley; la otra hace caso omiso y desobedece sus requisitos…

Debilitados por el pecado, no podemos por nuestra cuenta cumplir la ley de Dios. Pero Cristo vino a nuestro mundo para restaurar la imagen moral de Dios en los hombres y hacerlos volver del camino de la desobediencia al de la obediencia. Su misión en el mundo fue revelar el carácter de Dios viviendo la ley, que es el fundamento de su gobierno; y aquellos que lo acepten como su Salvador personal crecerán en gracia, y en su fuerza estarán habilitados para obedecer la ley de Dios.

Cuando Cristo venga en las nubes del cielo, solo lo encontrarán dos clases de personas: los obedientes y los desobedientes. Y solo aquellos que, habiendo tenido la luz respecto a los requerimientos de Dios, hayan sido obedientes a él, podrán encontrarse con él con alegría. Aquellos que han persistido en un proceder desobediente, huirán aterrorizados, escondiéndose en las cuevas de las montañas, y clamando a las rocas y a los montes: «Caed sobre nosotros, y escondednos de la faz del que está sentado en el trono, y de la ira del Cordero». Pero los que han honrado a Dios con obediencia levantarán los ojos y dirán: «He aquí, este es nuestro Dios; le hemos esperado, y él nos salvará; este es el Señor, le hemos esperado; nos alegraremos y nos gozaremos en su salvación» (The Signs of the Times, 11 de febrero, 1897, párr. 1, 2, 15, 16).

Los que sostienen que Cristo abolió la ley, enseñan que violó el sábado y justificó a sus discípulos en lo mismo. Así están asumiendo la misma actitud que los cavilosos judíos. En esto contradicen el testimonio de Cristo mismo, quien declaró: «Yo también he guardado los mandamientos de mi Padre, y estoy en su amor». Juan 15:10. Ni el Salvador ni sus discípulos violaron la ley del sábado. Cristo fue el representante vivo de la ley. En su vida no se halló ninguna violación de sus santos preceptos. Frente a una nación de testigos que buscaban ocasión de condenarle, pudo decir sin que se le contradijera: «¿Quién de vosotros me convence de pecado?» Juan 8:46, R. V (El Deseado de todas las gentes, p. 254).

Elena G.W

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