EL PECADO, EL EVANGELIO Y LA LEY
«Jamás olvidaré tus mandamientos, porque con ellos me has vivificado. Tuyo soy; sálvame porque he buscado tus mandamientos» (Sal. 119: 93, 94).
Sábado: 23 de mayo
EL PECADO, EL EVANGELIO Y LA LEY
El pecado es, sin duda, el mayor obstáculo para una relación estrecha con Dios. El pecado no solo nos separa de Dios (Isa. 59: 2), sino también nos engaña, nos hiere, nos consume y finalmente nos destruye. Nuestra lucha contra el pecado y el orgullo es la batalla más grande que jamás enfrentaremos, y tiene implicaciones tremendas y eternas.
Algunos consideran el pecado como una parte normal de la vida. Al fin y al cabo, es propio de la naturaleza humana dejarse llevar por el placer. Pero ¿restamos importancia al pecado porque la sociedad se ha acomodado a él? Muchos evitan llamar al pecado por su nombre por temor a incomodar a otros, pero cuanto más cómodos nos sintamos con el pecado, más lejos estaremos de una relación saludable con Dios.
Ciertamente todos pecamos, y nuestros pensamientos, motivaciones, acciones y palabras hieren a otros, a nosotros mismos y a Dios. El pecado destruye nuestra relación con él, pero Dios se nos ha revelado por medio de su Ley para señalar el pecado existente en nuestra vida.
Esta semana analizaremos la finalidad de la Ley de Dios y la solución divina para restaurar nuestra relación con él cuando pecamos.
Comentarios Elena G.W
A Daniel se le dio una visión de fieras salvajes, que representan los poderes de la tierra. Pero el símbolo del reino del Mesías es un cordero. Mientras los reinos de la tierra dominan basándose en el ascendiente del poderío físico, Cristo había de descartar toda arma carnal, todo instrumento de coerción. Su reino se establecería para elevar y ennoblecer a la humanidad caída.
Para Adán el ofrecimiento del primer sacrificio fue una ceremonia muy dolorosa. Tuvo que alzar la mano para quitar una vida que solo Dios podía dar… Mientras mataba a la inocente víctima temblaba al pensar que su pecado haría derramar la sangre del Cordero inmaculado de Dios. Esta escena le dio un sentido más profundo y vívido de la enormidad de su transgresión, que nada sino la muerte del querido Hijo de Dios podía expiar. Y se admiró de la infinita bondad que daba semejante rescate para salvar a los culpables.
Los símbolos y las sombras de los sacrificios ceremoniales, junto con las profecías, dieron a los israelitas una visión velada y borrosa de la misericordia y la gracia que habían de ser traídas al mundo mediante la revelación de Cristo… Únicamente mediante Cristo puede el hombre guardar la ley moral. Por la transgresión de esa ley, el hombre introdujo el pecado en el mundo, y con el pecado vino la muerte. Cristo llegó a ser la propiciación por los pecados del hombre, Ofreció la perfección de su carácter en lugar de la pecaminosidad del hombre. Tomó sobre sí mismo la maldición de la desobediencia. Los sacrificios y las ofrendas señalaban el sacrificio que iba a realizar. El cordero sacrificado simbolizaba al Cordero que había de quitar el pecado del mundo…
La ley y el evangelio están en perfecta armonía. Se sostienen mutuamente. La ley se presenta con toda su majestad ante la conciencia, haciendo que el pecador sienta su necesidad de Cristo como la propiciación de los pecados. El evangelio reconoce el poder e inmutabilidad de la ley. «Yo no conocí el pecado sino por la ley», declara Pablo. Romanos 7:7. La convicción del pecado… impele al pecador hacia el Salvador. En su necesidad, el hombre puede presentar el poderoso argumento suministrado por la cruz del Calvario. Puede demandar la justicia de Cristo, pues es impartida a todo pecador arrepentido (God’s Amazing Grace, p. 15; parcialmente en La maravillosa gracia de Dios, 7 de enero, p. 15).
La obediencia a las leyes de Dios desarrolla en el hombre un carácter hermoso que está en armonía con todo lo puro, lo santo, y lo incontaminado. En la vida de tales hombres se revela el evangelio de Cristo. Al aceptar la misericordia de Cristo y su sanamiento del poder del pecado, el hombre queda en correcta relación con Dios. Su vida, purificada de la vanidad y el egoísmo, se llena del amor del Padre. Su diaria obediencia a la ley del Señor le brinda un carácter que le asegura la vida eterna en el reino de Dios (La maravillosa gracia de Dios, 18 de mayo, p. 146).


