Lunes 3 de noviembre – EL PECADO DE ACÁN – EL ENEMIGO INTERNO

EL ENEMIGO INTERNO

“Yo, el Señor, examino el corazón y pruebo la mente, para dar a cada uno lo que merece según sus obras” (Jer. 17:10).

Lunes: 3 de noviembre

EL PECADO DE ACÁN

Lee Josué 7:16-19. ¿Qué nos dice todo el procedimiento allí descrito acerca de Dios y de Acán?

 

Josué 7:16-19

16 Josué, pues, levantándose de mañana, hizo acercar a Israel por sus tribus; y fue tomada la tribu de Judá. 17 Y haciendo acercar a la tribu de Judá, fue tomada la familia de los de Zera; y haciendo luego acercar a la familia de los de Zera por los varones, fue tomado Zabdi. 18 Hizo acercar su casa por los varones, y fue tomado Acán hijo de Carmi, hijo de Zabdi, hijo de Zera, de la tribu de Judá. 19 Entonces Josué dijo a Acán: Hijo mío, da gloria a Jehová el Dios de Israel, y dale alabanza, y declárame ahora lo que has hecho; no me lo encubras.

En lugar de revelar la identidad del transgresor, Dios implementó un procedimiento que revelaba tanto su justicia como su gracia; después de explicar la razón de la derrota de Israel y de pedir la santificación del pueblo (Jos. 7:13), dejó pasar un tiempo entre el anuncio del procedimiento y su aplicación, lo que dio tiempo a Acán para pensar, arrepentirse y confesar su pecado. Del mismo modo, su familia (si sabían lo ocurrido) tuvo la oportunidad de decidir si participarían en el encubrimiento o se negarían a ser cómplices, como los hijos de Coré, quienes no fueron destruidos pues se negaron a ponerse del lado de su padre (comparar con Núm. 16:23-33; 26:11).

La solución para la desafiante situación siguió la dirección opuesta a cómo surgió y produjo la desgracia de Israel: la culpa corporativa fue eliminada y reducida de Israel a una tribu, de una tribu a una familia, de una familia a un hogar, y del hogar a los individuos. Además de revelar al culpable, el proceso de investigación también exculpaba al inocente. Este era un aspecto igualmente importante del meticuloso procedimiento jurídico en el que Dios mismo actuó como testigo de las acciones ocultas de Acán.

El lector casi puede sentir la tensión cuando Dios se centra en Acán. ¿Quién no puede asombrarse de la obstinación de aquel hombre que esperaba pasar desapercibido? Nada se oculta a los ojos penetrantes del Señor (Sal. 139:1-16; 2 Crón. 16:9), que sabe lo que se oculta en el corazón de un hombre (1 Sam. 16:7; Jer. 17:10; Prov. 5:21).

Es importante notar la forma en que Josué se dirige a Acán: “Hijo mío”. Esta expresión muestra no solo la edad y el papel de liderazgo de Josué, sino también revela el espíritu con el que este gran guerrero abordaba la justicia. Su corazón estaba lleno de compasión por Acán, a pesar de que estaba llamado a ejecutar juicio sobre el infractor. Con su actitud, Josué prefiguraba de nuevo la sensibilidad, la bondad y el amor de Aquel que “nunca fue rudo ni dijo sin necesidad una palabra severa; nunca causó un dolor innecesario a un alma sensible. […] Denunció intrépidamente la hipocresía, la incredulidad y la iniquidad, pero su voz se quebraba al pronunciar sus severas reprensiones” (Elena de White, El Deseado de todas las gentes, p. 319).

¿Cómo influye en tu vida el hecho de saber que Dios conoce todo lo que haces, incluso lo que ocultas? ¿Cómo debería influir en tu forma de vivir?

Comentarios Elena G.W

Acán había albergado la codicia y el engaño en su corazón, hasta que sus percepciones del pecado se oscurecieron, y fue víctima fácil de la tentación. Los que se aventuran a acariciar una vez un pecado conocido caerán más fácilmente la segunda vez. La primera transgresión abre el camino al tentador, quien gradualmente destruye toda resistencia y toma posesión completa de la ciudadela del alma. Acán había escuchado las advertencias frecuentemente repetidas contra el pecado de la codicia. La ley de Dios, clara y positiva, había prohibido el robo y todo engaño, pero él continuó acariciando el pecado. Como no fue descubierto y reprendido abiertamente, se hizo más osado; las advertencias tuvieron cada vez menos efecto en él, hasta que su alma estuvo sujetada por cadenas de oscuridad.

Por el pecado de un hombre, vergüenza, derrota y muerte cayeron sobre Israel. Se les retiró la protección que había cubierto sus cabezas en el tiempo de la batalla. Los diversos pecados que profesos cristianos acarician y practican traen el enojo de Dios sobre la iglesia…

La influencia que más debe temer la iglesia no es la de los opositores abiertos, infieles y blasfemos, sino la de los miembros profesos de Cristo que son inconsecuentes. Estos son los que impiden la llegada de las bendiciones del Dios de Israel y traen debilidad a la iglesia, una mancha que no es fácil de quitar.

El cristianismo no es solo para ser lucido el sábado y desplegado en el templo; es para cada día de la semana y para cada lugar. Sus exigencias deben reconocerse en el taller, en el hogar, y en las transacciones comerciales con los hermanos y con el mundo…

Es mejor morir que pecar; mejor padecer necesidad que defraudar, mejor tener hambre que mentir. Que todos los que sean tentados enfrenten a Satanás con las palabras: «Bienaventurado todo aquel que teme a Jehová, que anda en sus caminos. Cuando comieres el trabajo de tus manos, bienaventurado serás, y te irá bien». Salmo 128:1, 2 (Conflicto y valor, 23 de abril, p. 119).

El pecado de un hombre causó la derrota de Israel ante el enemigo. Se necesitaba algo más que oración. Debían levantarse y purificar el campamento de Israel.

¿Habéis considerado por qué todos los que estaban relacionados con Acán también recibieron el castigo de Dios? Porque no habían sido disciplinados y educados según las instrucciones dadas en la gran norma de la ley de Dios. Los padres de Acán habían educado a su hijo de tal forma que este se sentía libre de desobedecer la palabra del Señor; los principios que le habían inculcado en su vida lo llevaron a tratar a sus hijos en una forma tal que ellos también estaban corrompidos. El castigo… revela el hecho de que todos estaban implicados en la transgresión.

La historia de Acán enseña la solemne lección de que por el pecado de un hombre, el desagrado de Dios recaerá sobre un pueblo o una nación hasta que la transgresión sea descubierta y castigada. El pecado es corruptor por naturaleza. Un hombre infectado de esa lepra mortal puede transmitir la mancha a miles. Los que ocupan posiciones de responsabilidad como guardianes del pueblo, traicionan la confianza depositada en ellos si no son fieles en buscar, descubrir y reprender el pecado.

El amor de Dios nunca inducirá a disminuir la importancia del pecado; nunca cubrirá o excusará un mal no confesado… [La ley de Dios] tiene que ver con todos nuestros actos, pensamientos y sentimientos. Nos sigue, y penetra hasta llegar al motivo secreto que impulsa cada uno de nuestros actos. A causa de la complacencia en el pecado, los hombres son llevados a considerar livianamente la ley de Dios. Muchos ocultan sus transgresiones de la vista de sus semejantes, y se hacen la ilusión de que Dios no será estricto en señalar la iniquidad. Pero su ley es la gran norma de justicia, y cada acto de la vida debe compararse con ella en aquel día cuando Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala. La pureza del corazón conducirá a la pureza de la vida. Todas las excusas para el pecado son vanas. ¿Quién puede defender al pecador cuando Dios testifica contra él? (Conflicto y valor, 24 de abril, p. 120).

Elena G.W

comparte esta entrada:

Facebook
Twitter
Pinterest

Más entradas