Contratiempos
«Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado» — Romanos 5:3-5
Miércoles: 10 de Junio
El Camino a Emaús
Habían sido semanas muy duras para los dos discípulos, quienes repasaban mentalmente algunos de los acontecimientos vividos mientras el cielo vespertino se teñía de negro: la entrada triunfal en Jerusalén, la limpieza del Templo, la Pascua en el aposento alto, las oraciones de Jesús en Getsemaní, la horrible traición de Judas, el juicio, las burlas y los golpes, el cuerpo magullado de Jesús pendiendo de la cruz y sus últimas palabras antes de exhalar su último aliento; la rotura del velo del Templo; la resurrección de algunas personas; la delicada maniobra para retirar el cuerpo de Jesús de la cruz y su colocación en el sepulcro antes del sábado; y la confusión, el desaliento y los interrogantes de los desconcertados y descorazonados discípulos. ¿Cómo se habían equivocado tanto?
Los seguidores de Jesús estaban decepcionados, desanimados y confundidos. Aquel era el mayor revés de sus vidas. No percibían que aquello era solo un episodio de la mayor historia de todos los tiempos. Mientras dos de ellos se dirigían a Emaús, Jesús apareció y caminó con ellos.
Cuando los ojos de su entendimiento fueron abiertos, los dos discípulos corrieron rumbo a Jerusalén para contar a los demás lo que les había sucedido en el camino (Luc. 24:33, 34). Cuando Jesús llegó y se puso en medio de estos, se aterrorizaron. Nota la pregunta que les hizo: «¿Por qué están turbados y suben esos pensamientos a su corazón?» (Luc. 24:38).
Este es también el mensaje de Jesús para nosotros hoy. Olvidamos con frecuencia que Jesús camina a nuestro lado en nuestros valles sombríos. Demasiado a menudo no lo reconocemos y perdemos de vista que hay mucho más en la historia. Nos sentimos turbados y permitimos que las dudas surjan en nuestros corazones, sin recordar que nuestra vida está segura en las manos de Jesús. Pensamos que sabemos mejor que Jesús qué está sucediendo realmente en nuestra vida (Luc. 24:18).
La Biblia contiene muy buenos consejos acerca de cómo podemos los cristianos responder a los desafíos y los reveses de la vida. Dedica tiempo a estudiar los siguientes pasajes: Romanos 8:28; Filipenses 4:4-13; Santiago 1:2-4, 12; 2 Corintios 12:9, 10. Como parte de tu estudio, y teniendo en mente 2 Corintios 1:4, escribe tres mensajes que puedas compartir con alguien que esté enfrentando dificultades.
Comentarios Elena G.W
El primer día de la semana después de la crucifixión del Señor, los discípulos contaban con todos los elementos para que sus corazones se regocijaran. Pero este día no fue un día de gozo. Para algunos fue un día de incertidumbre, de confusión y de perplejidad. El grupo de mujeres trajo las noticias que informaban que Cristo había resucitado de los muertos y que se lo había visto vivo en el huerto.
Sin embargo, los discípulos no daban crédito a esta información. Sus esperanzas habían muerto con Cristo. Y cuando recibieron las nuevas de su resurrección, resultó algo tan diferente de lo que habían anticipado que no podían creerlas. A partir del testimonio de ciertos testigos oculares, los discípulos habían logrado armar una secuencia de los episodios del viernes. En la tarde del primer día de la semana, dos discípulos, preocupados y tristes, decidieron regresar a Emaús, una pequeña población a unos trece kilómetros de Jerusalén.
No habían avanzado mucho en su viaje cuando se les unió un extraño. Estaban tan absortos en la oscuridad y la desilusión que los embargaba que no atinaron a observarlo detenidamente. Continuaron conversando y expresando los pesares de sus corazones. Jesús sabía que estaban aferrados a él con todo su amor y anhelaba tomarlos en sus brazos y enjugar sus lágrimas, renovando la alegría y el regocijo en sus corazones. Pero, antes debía darles una lección que no habrían de olvidar.
Aquellos discípulos le dijeron cuán desilusionados estaban por la suerte de su Maestro y le narraron «cómo le entregaron los principales sacerdotes y nuestros gobernantes a sentencia de muerte, y le crucificaron». Con sus corazones heridos por la frustración y labios temblorosos, dijeron: «Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel y ahora, además de todo esto, es ya el tercer día que todo esto ha acontecido».
¿Por qué razón los discípulos olvidaron las palabras de Cristo y no comprendieron que los eventos habían acaecido como fueron predichos? ¿Por qué no comprendieron que la última parte de su revelación se habría de cumplir como la primera y que al tercer día resucitaría? Esto es lo que debían haber recordado. Sin embargo, los sacerdotes y los gobernantes no olvidaron este aspecto.— El Cristo triunfante, 15 de octubre, p. 297


