EVALÚATE
«Como el Padre me amó, también yo los he amado» (Juan 15: 9).
Lunes: 30 de marzo
AMONESTACIÓN, ARREPENTIMIENTO Y RECOMPENSA
«Yo reprendo y castigo a todos los que amo», dice Jesús en Apocalipsis 3: 19. «Sé, pues, celoso y arrepiéntete». Ninguno de nosotros podría decir que Jesús no se preocupa por nosotros o por nuestro futuro. ¡Cuánto más fácil habría sido para Jesús renunciar a la humanidad y no recorrer el doloroso camino que eligió en esta Tierra! Es precisamente porque nos ama tan profundamente que nos reprende por nuestra condición actual. Quiere entablar una relación mucho más profunda y sólida con nosotros. No está satisfecho con nuestra inestabilidad actitudinal y con nuestro enfoque de «acudiré a él cuando lo necesite».
En lugar de eso, Jesús nos reprende por nuestro propio bien. Nos insta a arrepentirnos, lo cual no es posible a menos que percibamos que algo está mal. Él nos ha dicho exactamente cuál es nuestro problema: Pensamos que somos ricos, pero en realidad somos «infelices, miserables, pobres, ciegos y desnudos» (Apoc. 3: 17, NVI).
Lee Apocalipsis 3: 20. ¿Qué se nos promete aquí y qué debemos hacer para recibir lo prometido?
Apocalipsis 3: 20
20 He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.
Esta es una imagen hermosa y extraordinaria. El Dios del universo quiere sentarse a comer con nosotros. Desea un compromiso y un diálogo en torno a una buena comida. Esa es la descripción de la relación estrecha y duradera que Jesús nos invita a tener con él.
Jesús llama a la puerta de tu corazón y espera pacientemente. Tal vez hayas visto alguna ilustración que representa esa escena en la literatura infantil: un Salvador elegante y de elevada estatura llamando delicadamente a la puerta. Él no irrumpe en nuestra vida para obligarnos a relacionarnos con él. No se impone en tu tiempo ni en tu ajetreada vida. El tiempo es fugaz, así que, si oyes su llamado, abre la puerta. Él está esperando para entrar en tu vida.
Esta metáfora ilustra el tipo de relación que Jesús quiere tener con cada uno de nosotros. Ahora imagina el día en que te encuentres con Jesús cara a cara, cuando coloques tu corona a sus pies en adoración junto a una multitud incontable (Apoc. 4: 9-11; 5: 11-14). Cuando mires atrás e intentes recordar tus pruebas terrenales y notes lo pequeñas que fueron en comparación, ¿crees que en ese momento lamentarás el tiempo que pasaste con Jesús aquí en la Tierra?
Jesús te está llamando ahora mismo, pero tienes que decidir abrirle tu corazón. ¿Cómo puede motivarte a tomar esa decisión pensar en la Cruz y en lo que significa?
Comentarios Elena G.W
El sello del Dios viviente solo será colocado sobre los que son semejantes a Cristo en carácter… La cera recibe la impresión del sello, y así también el alma debe recibir la impresión del Espíritu de Dios y conservar la imagen de Cristo… Muchos no recibirán el sello de Dios porque no guardan sus mandamientos ni dan los frutos de justicia…
La gran masa de llamados cristianos sufrirá un amargo desengaño en el día de Dios. No tienen sobre sus frentes el sello del Dios viviente. Tibios e irresolutos, deshonran a Dios mucho más que los incrédulos declarados. Van a tientas en las tinieblas, cuando podrían estar caminando en la luz meridiana de la Palabra bajo la conducción de Aquel que nunca yerra…
Aquellos a quienes el Cordero guiará a las fuentes de aguas vivas y de cuyos ojos borre toda lágrima, serán los que ahora reciban el conocimiento y la comprensión que se revelan en la Biblia, la Palabra de Dios…
No debemos imitar a ningún ser humano. No hay ningún ser humano suficientemente sabio para ser nuestro modelo. Debemos contemplar al Hombre Cristo Jesús, que es completo en la perfección de justicia y santidad. Él es el Autor y Consumador de nuestra fe. Es el Hombre modelo. Su vida es la medida de la vida que debemos alcanzar. Su carácter es nuestro modelo. Por lo tanto, despejemos nuestra mente de perplejidades y de las dificultades de esta vida y fijémosla en él, para que contemplándolo podamos ser cambiados a su semejanza. Podemos contemplar a Cristo con un buen propósito. Podemos estar seguros mirándolo porque es omnisapiente. Al contemplarlo y al pensar en él, él se formará en nuestro interior, la esperanza de gloria.
Esforcémonos con todo el poder que Dios nos ha dado para estar entre los ciento cuarenta y cuatro mil… Solo los que reciban el sello del Dios viviente tendrán el pasaporte para pasar por los portales de la santa ciudad (Maranata: el Señor viene, 21 de agosto, p. 248).
Los cristianos a medias son peores que los infieles, porque sus palabras engañosas y su posición indecisa hacen que muchos se descarríen. El infiel muestra sus colores. El cristiano tibio engaña a las dos partes. No es un buen mundano, ni tampoco un buen cristiano. Satanás lo emplea para realizar una obra que nadie puede hacer.
El amor a sí mismo excluye el amor de Cristo. Los que viven para sí son colocados bajo el título de la iglesia de Laodicea la cual es tibia, no es fría ni caliente. El ardor del primer amor se ha transformado en egoísmo. El amor de Cristo que está en el corazón se expresa en las acciones. Si el amor por Cristo es apagado, el amor por aquellos por quienes Cristo ha muerto será degenerado. Puede haber una admirable apariencia de celo y ceremonias, pero esta es la sustancia de su religión llena del yo. Cristo habla de ellos como si causaran náuseas a su gusto.
Agradezcamos al Señor que mientras que esta clase es tan numerosa, todavía queda tiempo para el arrepentimiento (Nuestra elevada vocación, 8 de diciembre, p. 350).


