EVALÚATE
«Como el Padre me amó, también yo los he amado» (Juan 15: 9).
Domingo: 29 de marzo
NUESTRA CONDICIÓN
¿Cómo describiría Jesús tu relación actual con él? ¿Diría que es fuerte o que ha sido más fuerte en el pasado? Por otra parte, ¿cómo describiría él a su pueblo en estos últimos días? En Apocalipsis 3: 14 al 22, él comienza diciendo que es «el Testigo Fiel y Verdadero, el origen de la creación de Dios» (Apoc. 3: 14). Un testigo fiel y verdadero no miente, sino que habla clara y honestamente.
Lee Apocalipsis 3: 14 al 17, donde Jesús describe la condición espiritual de su pueblo en la actualidad. ¿En qué medida estos textos te describen a ti?
Apocalipsis 3: 14-17
14 Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: He aquí el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios, dice esto: 15 Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! 16 Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. 17 Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.
A los cristianos que vivimos en los últimos días, Jesús nos dice que nos conoce. No somos fríos ni calientes pues, desde nuestro punto de vista, no necesitamos nada. Mientras la vida pasa, dedicamos un poco de tiempo, de tanto en tanto, a nuestra relación con Dios y pensamos que eso es suficiente. Pero no lo es. En realidad, necesitamos a Dios mucho más desesperadamente de lo que creemos. Amar a Jesús y vivir para él de todo corazón o no hacerlo en absoluto sería mejor desde la perspectiva de Dios que ser tibios. Jesús dice que está a punto de vomitarnos figuradamente porque nuestra condición de tibieza espiritual le provoca náuseas. Pero todavía no lo ha hecho y nos pide que tomemos ciertas decisiones ahora mismo.
¿Qué nos aconseja Dios en Apocalipsis 3: 18, 19?
Apocalipsis 3: 18-19
18 Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas. 19 Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete.
En la antigüedad, «comprar» algo significaba muchas veces hacer un trueque; es decir, intercambiar bienes. Aquí, Jesús ofrece generosamente un intercambio: nuestra apatía por su oro, sus vestiduras blancas y su colirio. Quiere enriquecernos espiritualmente, cubrirnos con su perfecto manto de justicia y abrir nuestros ojos para que percibamos que una relación permanente con él cambiará absolutamente todo. Él nos ofrece todo lo que necesitamos, especialmente porque no lo podemos adquirir por nosotros mismos. Solo él puede dárnoslo, y lo hará si estamos dispuestos a ello.
¿Qué esperanza te ofrecen estos versículos si has descuidado tu vida espiritual?
Comentarios Elena G.W
Como los judíos de los días de Cristo, muchos hoy escuchan y creen, pero no están dispuestos a subir a la plataforma de la obediencia y aceptar la verdad tal como es en Jesús. Temen perder ciertas ventajas mundanales. Mentalmente están de acuerdo con la verdad, pero la obediencia implica llevar la cruz de la abnegación y el sacrificio, y dejar de confiar en el hombre y poner carne por su brazo; por eso se apartan de la cruz. Podrían sentarse a los pies de Jesús para aprender diariamente de él y saber exactamente qué es la vida eterna, pero no están dispuestos a hacerlo.
Toda persona salvada debe someter sus propios planes, sus proyectos ambiciosos, que implican glorificación propia, y debe seguir la dirección de Cristo. Se debe someter la mente a Cristo para que él la limpie, la purifique y la refine. Esto ocurrirá cada vez que se acepten debidamente las enseñanzas del Señor Jesús. Es difícil que el yo muera cada día, aunque la admirable historia de la gracia de Dios se presente con toda la riqueza de su amor, que él revela a las almas necesitadas.
¡Oh, cuánto necesitamos conocer más íntimamente al Señor Jesús! Necesitamos comprender su voluntad y llevar a cabo sus propósitos, diciendo de todo corazón: “Señor, ¿qué quieres que haga?” ¡Cuánto deseo ver nuestras iglesias en una condición diferente de la de ahora, es decir, que agravian al Espíritu Santo cada día con su tibia vida religiosa, que no es ni fría ni caliente! Cristo dice: “¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (Apocalipsis 3:15, 16).
¡Oh, cuánto sería honrado y glorificado Cristo ante los hombres y mujeres irreligiosos y mundanos si sus seguidores fueran lo que pretenden ser, es a saber, verdaderos cristianos a quienes el amor de Cristo los constriña a darlo a conocer ante un mundo idólatra, poniendo de manifiesto el marcado contraste que existe entre los que sirven a Dios y los que no lo sirven!… Tenemos que hablar a otros del amor de Cristo, y para hacerlo debemos saber por experiencia qué significa tener ese amor en el corazón. Todos encontrarían abundantes oportunidades para trabajar, si quisieran aprovechar las oportunidades que se les presentan (Cada día con Dios, 25 de febrero, p. 62).
La condición de muchos de aquellos que pretenden ser hijos de Dios está representada con exactitud por el mensaje dado a la iglesia de Laodicea. Ante aquellos que sirven a Dios se han presentado verdades de valor inestimable, las cuales, si se llevan a la vida práctica, demuestran la diferencia entre aquellos que sirven a Dios y los que no le sirven…
La Biblia es el almacén de las riquezas inescrutables de Dios. Pero aquellos que poseen un conocimiento de la verdad no la comprenden tan plenamente como deberían. No llevan al corazón ni a la vida el amor de Cristo. El estudiante de la Palabra se encuentra inclinado sobre una fuente de agua viva. La iglesia necesita beber profundamente de la espiritualidad de la Palabra. Su servicio a Dios debe ser muy diferente de la experiencia religiosa insípida, sin vida, y sin emoción, que da lugar a que existan muchos creyentes, pero muy poco diferentes de aquellos que no creen (Nuestra elevada vocación, 8 de diciembre, p. 350).


