Contratiempos
«Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado» — Romanos 5:3-5
Domingo: 7 de Junio
Las Tormentas de la Vida
Jesús había hablado durante todo el día a grandes multitudes a orillas del Mar de Galilea. Sus palabras habrían de resonar en la mente de la gente durante mucho tiempo y por la eternidad.
Al caer la tarde, el Maestro se dirigió a sus discípulos invitándolos a dirigirse con él «a la otra orilla» (Mar. 4:35). Él sabía que se desataría una tormenta, pero les sugirió que fueran de todos modos. Tenía que enseñar una importante lección de vida a sus seguidores más cercanos. Seguramente recuerdas lo que ocurrió luego.
Piensa en lo siguiente:
- 1Jesús se quedó dormido en un rincón del bote, posiblemente en la popa, donde estaba el único cojín, que servía de asiento a quien dirigía la navegación.
- 2No todos los discípulos eran nuevos en la navegación. Pedro, Santiago y Juan eran pescadores experimentados. Conocían el Mar de Galilea como la palma de sus manos, y habrían sabido cómo lidiar con una tormenta.
- 3Este es el único relato de los Evangelios que presenta a Jesús durmiendo. Durante una de las peores tormentas de sus vidas, cuando los discípulos estaban aterrorizados y pensaban que morirían, Jesús dormía.
- 4El clamor de los discípulos en el clímax de la crisis fue: «¿No te importa?». Cuestionaban el carácter de Jesús y su amor por ellos. Con demasiada frecuencia, esta es también nuestra respuesta cuando afrontamos dificultades.
En medio de la desesperanza, el dolor o la pérdida cuestionamos el amor de Dios o dudamos de su cuidado. Suponemos, desde nuestra perspectiva humana, que él debería actuar de una determinada manera. Sin embargo, como ocurrió a los discípulos, es en las tormentas de la vida donde Dios puede obrar los mayores milagros. Dios siempre es fiel, incluso cuando su aparente inacción no tiene sentido para nosotros. Él está a nuestro lado en medio de nuestras tormentas y, a diferencia de nosotros, puede calmarlas.
Comentarios Elena G.W
Antes que nuestro Señor entrara en su agonía de la cruz, expresó esta disposición. No tenía plata ni oro ni casas que dejar a sus discípulos. Era un hombre pobre en lo que se refiere a posesiones terrenales. Pocos en Jerusalén eran tan pobres como él. Pero dejó a sus discípulos un don mucho más rico que el que alguna monarquía terrenal pudiera conceder a sus ciudadanos: «La paz os dejo, mi paz os doy —dijo—; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo».
Él les dejó la paz que había gozado durante su vida sobre la tierra; la que había estado con él en medio de la pobreza, el escarnio y la persecución, y la que iba a estar con él durante su agonía en el Getsemaní y sobre la cruel cruz.
La vida del Salvador sobre la tierra, aunque vivida en medio del conflicto, era una vida de paz. Aunque los airados enemigos estaban constantemente persiguiéndolo, él dijo: «Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada» (Juan 8:29). Ninguna tormenta de ira satánica podía perturbar la calma de esa perfecta comunión con Dios. Y él nos dice: «Mi paz os doy».
Quienes se tomen de la palabra de Cristo, y sometan sus almas a los mandatos de él, sus vidas a las órdenes de él, encontrarán paz y quietud. Nada del mundo puede hacerlos apesadumbrarse cuando Jesús los alegra con su presencia. En la perfecta entrega hay perfecta confianza. El Señor dice: «Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado» (Isaías 26:3).
La experiencia de cada hombre da testimonio de la verdad de las palabras de la Escritura: «Pero los impíos son como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo» (Isaías 57:20). El pecado ha destruido nuestra paz. Ningún poder humano puede controlar las poderosas pasiones del corazón. Estamos tan desvalidos aquí como lo estuvieron los discípulos para aquietar la furiosa tormenta. Pero quien ordenó la paz a las olas de Galilea, ha dicho la palabra de paz para cada alma. No importa cuán feroz sea la tempestad, quienes se vuelven a Jesús clamando: «Señor, sálvanos», encontrarán liberación. Su gracia, que reconcilia el alma con Dios, aquieta las contiendas de la pasión humana, y en su amor el corazón encuentra descanso. «Cambia la tempestad en sosiego, y se apaciguan sus ondas… Y así los guía al puerto que deseaban» (Salmo 107:29).
El corazón que está en armonía con Dios es partícipe de la paz del Cielo, y difundirá su bendita influencia a su alrededor. El espíritu de paz descansará como rocío sobre los corazones cansados y cargados con la lucha mundanal.— Reflejemos a Jesús, 21 de septiembre, p. 270


