Lunes 28 de septiembre – Escondiéndose de Dios – El Creador habla

El Creador habla

«En el pasado, Dios habló muchas veces y de muchas maneras a nuestros padres mediante los profetas; pero en estos últimos días nos habló por su Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por medio de quien hizo el universo» — Hebreos 1:1-2

Lunes: 28 de septiembre

Escondiéndose de Dios

Puesto que Dios es amor (1 Juan 4:8), él no crearía «robots» humanos. El amor implica conceder a la persona amada la libertad de elegir. Para poder amar, Adán y Eva tenían que ser creados con libre albedrío. De lo contrario, les sería imposible expresar verdadero amor.

Por lo tanto, Adán y Eva tenían la libertad de obedecer o no a su Creador. Esta libertad de elección se hace evidente en la orden de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (ver Gén. 2:15-17). ¿Por qué advertirles que no comieran de él si no tenían la libertad de hacerlo?

«Nuestros primeros padres, a pesar de que fueron creados inocentes y santos, no fueron colocados fuera de la posibilidad de pecar. Dios los hizo entes morales libres, capaces de apreciar y comprender la sabiduría y benevolencia de su carácter y la justicia de sus requerimientos, y les dejó plena libertad para prestarle o negarle obediencia. Debían gozar de la comunión de Dios y de los santos ángeles. […] Sin libertad de elección, su obediencia no habría sido voluntaria, sino forzada» (Elena de White, Patriarcas y profetas, pp. 29-30).

¿Por qué Adán y Eva intentaron esconderse de su Creador después de desobedecerlo? Lee Génesis 3:1-8 (compáralo con Jer. 23:24; Heb. 4:13).

Génesis 3:1-8 — RV601 Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? 2 Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; 3 pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. 4 Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; 5 sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal. 6 Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella. 7 Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales. 8 Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto.
Jeremías 23:24 — RV6024 ¿Se ocultará alguno, dice Jehová, en escondrijos que yo no lo vea? ¿No lleno yo, dice Jehová, el cielo y la tierra?
Hebreos 4:13 — RV6013 Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.

Génesis 3 describe una escena terrible: la caída de Adán y Eva. Después de la épica conversación entre la serpiente (Satanás) y Eva, nuestros primeros padres fueron tentados a comer del «árbol del conocimiento del bien y del mal», lo cual les estaba prohibido. Satanás utilizó el poder de las palabras, las emociones y las tentaciones placenteras para convencer a Eva, quien a su vez persuadió a Adán de que desobedecieran el mandato de Dios. Eva señaló que el árbol era «bueno para comer», «agradable a los ojos» y «codiciable para alcanzar sabiduría» (Gén. 3:6). La promesa de Satanás de que serían «como Dios, conocedores del bien y del mal» (Gén. 3:5) sonaba irresistible.

En realidad, el discurso de Satanás estaba plagado de falacias. Satanás les ocultó las consecuencias de la desobediencia. Después de desobedecer a Dios, sus ojos se «abrieron» y vieron que estaban «desnudos». La «vestidura» de esplendor y majestad provista por Dios (Sal. 104:1-2), que reflejaba la «imagen» divina, había desaparecido. Ya no estaban cubiertos por lo que Dios les había proporcionado. No es de extrañar que Adán y Eva se escondieran de su Creador (como si fuera realmente posible esconderse de Dios). Intentaron esconderse porque el pecado nos hace sentir culpables y, en consecuencia, rehuir la presencia de Dios.

¿Te has sentido avergonzado después de pecar y has intentado ocultarte de Dios?
 

Comentarios Elena G.W

El hombre estaba dotado originalmente de facultades nobles y de un entendimiento bien equilibrado. Era perfecto y estaba en armonía con Dios. Sus pensamientos eran puros, sus designios santos. Pero por la desobediencia, sus facultades se pervirtieron y el egoísmo reemplazó el amor. Su naturaleza quedó tan debilitada por la transgresión que ya no pudo, por su propia fuerza, resistir el poder del mal. Fue hecho cautivo por Satanás, y hubiera permanecido así para siempre si Dios no hubiese intervenido de una manera especial. El tentador quería desbaratar el propósito que Dios había tenido cuando creó al hombre. Así llenaría la tierra de sufrimiento y desolación y luego señalaría todo ese mal como resultado de la obra de Dios al crear al hombre.

En su estado de inocencia, el hombre gozaba de completa comunión con Aquel “en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia”. Colosenses 2:3. Pero después de su caída no pudo encontrar gozo en la santidad y procuró ocultarse de la presencia de Dios. Tal es aún la condición del corazón que no ha sido regenerado. No está en armonía con Dios ni encuentra gozo en la comunión con él. El pecador no podría ser feliz en la presencia de Dios; le desagradaría la compañía de los seres santos. Y si se le pudiese admitir en el cielo, no hallaría placer allí. El espíritu de amor abnegado que reina allí, donde todo corazón corresponde al Corazón del amor infinito, no haría vibrar en su alma cuerda alguna de simpatía. Sus pensamientos, sus intereses y móviles serían distintos de los que mueven a los moradores celestiales. Sería una nota discordante en la melodía del cielo.— El camino a Cristo, pp. 17, 18


Dios nos invita a acudir a él con nuestra carga de culpa y las aflicciones de nuestro corazón. El pecado nos llena de temor a Dios; cuando hemos pecado, procuramos ocultarnos de él. Pero no importa cuál haya sido nuestro pecado, Dios nos invita a acudir a él mediante Cristo. Podemos liberarnos de nuestros pecados únicamente llevándolos a Dios. Caín, reprochado por Dios, reconoció que era culpable de la muerte de Abel; pero huyó de Dios como si así hubiera podido escapar de su pecado. Si hubiera acudido a Dios con su carga de culpa, habría sido perdonado. El hijo pródigo, comprendiendo su culpabilidad y desgracia, dijo: “Me levantaré e iré a mi padre”. Lucas 15:18. Confesó su pecado y volvió junto al corazón de su padre.

 

Si queremos ofrecer oraciones aceptables, tenemos que realizar una obra de confesión mutua de nuestros pecados. Si he faltado contra mi vecino de palabra o acción, debo confesárselo. Si él me ha agraviado, debería confesármelo. Hasta donde sea posible, el que ha agraviado a otro debe hacer restitución. Luego, arrepentido, debe confesar su pecado a Dios, cuya ley ha transgredido. Al pecar contra nuestro hermano, pecamos contra Dios, y debemos buscar su perdón. Cualquiera que sea su pecado, si nos arrepentimos y creemos en la sangre expiatoria de Cristo, seremos perdonados… Para aproximarnos a Dios tenemos un solo canal. Nuestras oraciones pueden acceder a él por intermedio del único nombre: el de Jesús, nuestro abogado.— That I May Know Him, p. 260; parcialmente en A fin de conocerle, 11 de septiembre, pp. 258, 259

Elena G.W

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