Profetas del Nuevo Testamento
«Ahora bien, hay diversos dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diversos ministerios, pero el Señor es el mismo; y hay diversas actividades, pero Dios, que efectúa todas las cosas en todos, es el mismo» — 1 Corintios 12:4-6
Lunes: 19 de octubre
Apóstoles y profetas
El Nuevo Testamento menciona la obra de los profetas y de los apóstoles, quienes eran «mensajeros» o «enviados» de Dios, que es el significado de la palabra griega apostolos. En los evangelios, la palabra «apóstol» se refiere a los doce discípulos. El resto del Nuevo Testamento respalda esta idea e incluye a otras personas que no formaban parte de ese grupo original.
Pablo se llama a sí mismo apóstol doce veces en sus epístolas. En Romanos 1:1-2, conecta su llamado apostólico y el contenido de su predicación con el mensaje de los profetas del Antiguo Testamento. Pablo se identifica como apóstol de los gentiles (Rom. 11:13) nombrado «por la voluntad de Dios» (1 Cor. 1:1).
A diferencia de los sacerdotes, cuya designación estaba determinada por su pertenencia a una familia específica, Dios eligió a los profetas y a los apóstoles según su voluntad. Cuando se cuestionó el apostolado de Pablo, él defendió su ministerio en esos términos (1 Cor. 9:1-2). Pablo consideraba que su apostolado se basaba en la obra de Cristo, quien es el fundamento de la iglesia (Efe. 2:20).
Como receptores de la revelación de Dios, los apóstoles poseyeron el mismo nivel de inspiración que los profetas (Efe. 3:1-5).
En 2 Pedro 3:1-2, el apóstol se refiere a los profetas como antecesores cuyas palabras eran importantes, pero los apóstoles son presentados como investidos de la misma autoridad. Esos versículos se refieren a los tiempos del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento. Los profetas actuaron como los mensajeros de Dios en la era del Antiguo Testamento, así como los apóstoles lo hicieron en la del Nuevo, pero hubo también personas que profetizaron o ejercieron el don profético sin ser apóstoles. El don de profecía no estaba limitado a los apóstoles en los tiempos del Nuevo Testamento. A su vez, no todos los profetas eran apóstoles (Hech. 15:32).
Jesús fue el centro de casi todo lo que los apóstoles escribieron en el Nuevo Testamento. De una forma u otra, su vida, muerte, resurrección, ministerio sumosacerdotal y regreso eran su tema central.
Comentarios Elena G.W
El Señor Jesús está realizando experimentos en los corazones humanos por medio de la manifestación de su misericordia y abundante gracia. Está realizando transformaciones tan sorprendentes que Satanás… se detiene para mirarla como una fortaleza inexpugnable ante sus sofismas y engaños. Son para él un misterio incomprensible. Los ángeles de Dios… contemplan con asombro y gozo cómo hombres caídos, una vez hijos de la ira, están desarrollando por la enseñanza de Cristo, caracteres a la semejanza divina, para ser hijos e hijas de Dios.
El Señor ha provisto a su iglesia de capacidades y bendiciones para que presente ante el mundo una imagen de su propia suficiencia, y para que su iglesia sea completa en él, una constante representación de otro mundo, el mundo eterno regido por leyes superiores a las terrenas. Su iglesia ha de ser un templo erigido a la semejanza divina…
Cristo ha dado a la iglesia amplias facilidades, para que él pudiese recibir una gran recompensa de gloria de su posesión redimida y comprada… La declaración de su oración intercesora, de que el amor del Padre es tan grande hacia nosotros como hacia él mismo, el Hijo unigénito, y que nosotros estaremos con él donde él está, hechos uno con Cristo y el Padre para siempre, es una maravilla para la hueste angelical y constituye su gran gozo. El don de su Espíritu Santo, rico, completo y abundante, ha de ser para su iglesia como un muro de fuego que la circunde, contra el cual no prevalezcan las potencias del infierno. En su inmaculada pureza y perfección impecable, Cristo mira a sus hijos como la recompensa de sus sufrimientos, su humillación y el suplemento de su gloria, siendo él mismo el gran Centro, del cual irradia toda gloria— In Heavenly Places, p. 282; parcialmente en En los lugares celestiales, 2 de octubre, p. 284
Durante los años transcurridos desde los días de los apóstoles, la edificación del templo de Dios nunca cesó. Podemos lanzar una mirada retrospectiva a través de los siglos, y ver las piedras vivas de las cuales está compuesto, resplandeciendo como luces en medio de las tinieblas del error y la superstición. Por toda la eternidad esas preciosas joyas brillarán con creciente fulgor, dando testimonio acerca del poder de la verdad de Dios. La centelleante luz de esas piedras pulidas revela el inmenso contraste que hay entre la luz y las tinieblas, entre el oro de la verdad y la escoria del error.
Pablo y los otros apóstoles, y todos los justos que han vivido desde entonces, hicieron su parte en la construcción del templo. Pero la estructura todavía no está completa. Los que vivimos en este tiempo tenemos una obra que hacer, una parte que realizar. Tenemos que traer material para el fundamento, que resista la prueba del fuego: oro, plata y piedras preciosas, “labradas como las de un palacio”. Salmo 144:12. A los que edifican así para Dios, Pablo les dirige palabras de ánimo y amonestación: “Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa”. 1 Corintios 3:14. El cristiano que presenta fielmente la Palabra de vida, guiando a hombres y mujeres por el camino de la santidad y la paz, coloca sobre el fundamento material que perdurará, y en el reino de Dios será honrado como sabio constructor— Reflejemos a Jesús, 29 de julio, p. 216


