Los escritos proféticos
«Todo lo que antes fue escrito, para nuestra enseñanza fue escrito, para que por la paciencia y el consuelo de las Escrituras tengamos esperanza» — Romanos 15:4
Martes: 3 de noviembre
Asistentes literarios
Jeremías mismo podría haber puesto por escrito lo que le fue revelado, pero, en lugar de ello, pidió a un escriba de confianza que registrara fielmente sus mensajes proféticos y los compartiera con los líderes de la nación. Él no es el único profeta bíblico que utilizó los servicios de un asistente literario para comunicar sus mensajes de origen divino.
En el Nuevo Testamento, aunque Tercio dice que escribió la epístola a los Romanos (Rom. 16:22), queda claro desde el comienzo del documento que escribió lo que Pablo le indicó. Tercio era el amanuense o secretario del apóstol, un asistente literario que ponía por escrito las palabras de Pablo.
Esta práctica no era inusual para el apóstol, ya que concluye sus cartas a los colosenses y los tesalonicenses incluyendo su saludo autógrafo (Col. 4:18; 2 Tes. 3:17) como forma de autenticar todo el documento. Esto sugiere que confiaba en otra persona para que escribiera las cartas por él. Puesto que esto podía suscitar dudas acerca de si la carta lo representaba correctamente —o, peor aún, sospechas de que no era suya—, Pablo agregaba su propia nota manuscrita al final como evidencia de autenticidad.
Muchos comentaristas atribuyen la variación en el estilo literario en las cartas de Pablo al uso que hizo de asistentes. Se supone lo mismo respecto de las dos cartas de Pedro: «Aunque es un hecho que el estilo del lenguaje de 2 Pedro es diferente del de la primera epístola, puede explicarse razonablemente, pues es probable que Pedro —un palestino de poca cultura, cuya lengua materna era el arameo— sin duda recurrió a la ayuda de un secretario para la redacción de una epístola que fue escrita en griego. Si Pablo, que manejaba la lengua griega con soltura, evidentemente usó secretarios, es aún más lógico suponer que Pedro hubiera buscado la ayuda de secretarios y que estos hubieran influido mucho en la redacción de sus cartas en griego» (Comentario bíblico adventista del séptimo día [Florida: ACES, 1996], t. 7, p. 612).
Esto sugiere que, aunque fiel a los pensamientos y a la intención de los mensajeros de Dios en materia de significado, el vocabulario y la construcción de las frases podrían reflejar las diferentes habilidades literarias de los ayudantes que empleaban. Los pensamientos de los mensajeros de Dios son el objeto de la inspiración divina, pero no necesariamente las palabras específicas utilizadas para expresar esos pensamientos inspirados.
Comentarios Elena G.W
Fue más o menos en aquel tiempo cuando el Señor ordenó a Jeremías que escribiera los mensajes que deseaba dar a aquellos por cuya salvación se conmovía de continuo su corazón compasivo. El Señor ordenó a su siervo: “Tómate un rollo de libro, y escribe en él todas las palabras que te he hablado contra Israel y contra Judá, y contra todas las gentes, desde el día que comencé a hablarte, desde los días de Josías hasta hoy. Quizá oirá la casa de Judá todo el mal que yo pienso hacerles, para volverse cada uno de su mal camino, y yo perdonaré su maldad y su pecado”. Jeremías 36:2, 3.
Obedeciendo a esta orden, Jeremías llamó en su auxilio a un amigo fiel, el escriba Baruc, y le dictó “todas las palabras que Jehová le había hablado”. Vers. 4. Estas palabras se escribieron cuidadosamente en un rollo de pergamino, y constituyeron una solemne reprensión del pecado, una advertencia del resultado seguro que tendría la continua apostasía, y una ferviente súplica a renunciar a todo mal.
Cuando se hubo terminado la escritura, Jeremías, que seguía preso, mandó a Baruc que leyese el rollo a las multitudes congregadas en el templo en ocasión de un día de ayuno nacional, “en el año quinto de Joacim hijo de Josías, rey de Judá, en el mes noveno”. Dijo el profeta: “Quizá caerá oración de ellos en la presencia de Jehová, y tornaráse cada uno de su mal camino; porque grande es el furor y la ira que ha expresado Jehová contra este pueblo”. Vers. 9, 7.
Baruc obedeció, y el rollo fue leído delante de todo el pueblo de Judá. Más tarde, el escriba fue llamado a comparecer ante los príncipes para leerles las palabras. Escucharon con gran interés, y prometieron informar al rey acerca de todo lo que habían oído, pero aconsejaron al escriba que se escondiera, pues temían que el rey rechazase el testimonio y procurase matar a los que habían preparado y comunicado el mensaje.
Cuando los príncipes dijeron al rey Joaquim lo que Baruc había leído, ordenó inmediatamente que trajesen el rollo a su presencia y que se lo leyesen. Uno de los acompañantes reales, llamado Jehudí, buscó el rollo, y empezó a leer las palabras de reprensión y amonestación. Era invierno, y el rey y sus asociados en el gobierno, los príncipes de Judá, estaban reunidos en derredor de un fuego abierto. Apenas se hubo leído una pequeña porción cuando el rey, en vez de temblar por el peligro que le amenazaba a él y a su pueblo, se apoderó del rollo, y con ira frenética “rasgólo con un cuchillo de escribanía, y echólo en el fuego que había en el brasero, hasta que todo el rollo se consumió”. Vers. 23.
Ni el rey ni sus príncipes sintieron temor, “ni rasgaron sus vestidos”. A pesar de que algunos de los príncipes “rogaron al rey que no quemase aquel rollo, no los quiso oír”. Habiendo destruido la escritura, la ira del rey impío se despertó contra Jeremías y Baruc, y dio inmediatamente órdenes para que los prendiesen; “mas Jehová los escondió”. Vers. 24-26.
Al hacer conocer a los que adoraban en el templo, así como a los príncipes y al rey, las amonestaciones escritas en el rollo inspirado, Dios procuraba misericordiosamente amonestar a los hombres de Judá para su propio bien. “Quizá oirá la casa de Judá —dijo— todo el mal que yo pienso hacerles, para volverse cada uno de su mal camino, y yo perdonaré su maldad y su pecado”. Vers. 3. Dios se compadece de los hombres que luchan en la ceguera de la perversidad; procura iluminar su entendimiento entenebrecido dándoles reprensiones y amenazas destinadas a inducir a los más encumbrados a sentir su ignorancia y deplorar sus errores. Se esfuerza por ayudar a los que se complacen en sí mismos para que, sintiéndose descontentos de sus vanas realizaciones, procuren la bendición espiritual en una estrecha relación con el cielo— Profetas y reyes, pp. 319, 320


