Domingo 12 de abril – LAS OPRESIVAS GARRAS DEL ORGULLO – ORGULLO VERSUS HUMILDAD

ORGULLO VERSUS HUMILDAD

«El que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido» (Luc. 14: 11).

Domingo: 12 de abril

LAS OPRESIVAS GARRAS DEL ORGULLO

La palabra «orgullo» tal vez te hace pensar en algún político arrogante, en una persona rica o famosa o en un pavo real. El orgullo consiste en considerarse más importante o mejor que los demás, y es un sentimiento en el que no se puede ni se debe confiar.

El orgullo comenzó con Lucifer, el querubín protector, quien estaba al servicio de Dios. No sabemos cuándo ni cómo surgió el orgullo en su corazón, pero sí sabemos que ese orgullo dio origen al gran conflicto cósmico entre el bien y el mal. Satanás es lo opuesto a Dios (compara Isa. 14: 12-14 con Fil. 2: 5-11). Nuestro mundo ha luchado contra las consecuencias del pecado desde que Satanás sembró la duda en las mentes de Adán y Eva y luego los tentó a amar y confiar en ellos mismos por encima de Dios.

Lee 1 Juan 2: 15 al 17. ¿Qué tres puntos principales enseña este pasaje acerca del orgullo y el amor al mundo?

 

1 Juan 2: 15-17

15 No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. 16 Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. 17 Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

¿Puede el orgullo ser positivo? Tal vez no en el contexto en que lo conocemos, aunque podemos utilizar la palabra positivamente; por ejemplo, cuando hablamos de los logros de una persona o en el contexto de una profunda satisfacción por algo que alguien ha hecho («¡Estoy muy orgulloso de ti!»). Es importante entender que la búsqueda de la excelencia y del reconocimiento, así como el aprecio por los dones y las habilidades que Dios te ha concedido, no es necesariamente un orgullo malsano. Según las Escrituras, existe un tipo adecuado de amor propio (piensa en el mandato de Jesús en Mar. 12: 31, donde se nos dice que debemos amar a los demás como a nosotros mismos), pero siempre se trata de un amor altruista. Las aspiraciones personales con miras al servicio a Dios y al prójimo tampoco deben considerarse como formas reprensibles de orgullo (ver 1 Tim. 3: 1). El orgullo consiste en no tributar a Dios la gloria por lo que él hace en nuestra vida.

Debemos tener cuidado de recordar que nuestras posesiones, habilidades y logros no determinan nuestro valor. En cambio, nuestro valor siempre proviene de Dios, pues todo lo que tenemos, incluso aquello que nos tienta a caer en el orgullo, proviene únicamente de él. Este es un punto que nunca debemos olvidar.

¿Hasta qué punto eres orgulloso? ¿Cómo puede tu orgullo afectar tu relación con Dios y con los demás?

Comentarios Elena G.W

No hay nada que debilite la fortaleza de la iglesia como el orgullo y la pasión… Cristo nos ha dado un ejemplo de amor y humildad, y ha ordenado a sus seguidores que se amen mutuamente como él los ha amado. Con humildad, debemos estimar a otros superiores a nosotros. Debemos ser severos con nuestros propios defectos de carácter, prontos para discernir nuestros errores y equivocaciones, y tener menos en cuenta las faltas ajenas que las nuestras. Debemos sentir un interés especial en considerar las cosas ajenas, no para codiciarlas, no para encontrar faltas en ellas, no para hacer comentarios en cuanto a ellas y presentarlas en una luz dudosa, sino para hacer estricta justicia en todas las cosas a nuestros hermanos y a todos con quienes nos tratamos. Ofende a Dios el espíritu de hacer planes para nuestro interés egoísta, con el fin de obtener alguna ganancia, o para mostrar superioridad o rivalidad. El Espíritu de Cristo guiará a sus seguidores para que se preocupen, no solo por su éxito o ventajas, sino por tener también interés en el éxito y ventajas de sus hermanos. Esto será amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos…

Solo Jesús ha de ser exaltado. Cualquiera sea la habilidad o el éxito de alguno de nosotros, no es porque hayamos creado esas facultades nosotros mismos; son un depósito sagrado dado por Dios, para ser usadas sabiamente en su servicio para su gloria. Todo es un capital confiado por el Señor. ¿Por qué envanecernos, entonces? ¿Por qué habremos de llamar la atención hacia nuestro yo defectuoso? Todo lo que poseemos en talento y sabiduría lo recibimos de la Fuente de sabiduría, a fin de que podamos glorificar a Dios…

El orgullo del talento, el orgullo del intelecto, no pueden existir en el corazón que está oculto con Cristo en Dios… Humillémonos pues y adoremos a Jesús, pero nunca, nunca, nos exaltemos en lo mínimo… Si el motivo de toda nuestra vida es servir y honrar a Cristo y bendecir a la humanidad en el mundo, entonces el camino más sombrío del deber se convertirá en un camino resplandeciente, un camino trazado para que caminemos los redimidos del Señor (That I May Know Him, p. 176; parcialmente en A fin de conocerle, 19 de junio, p. 177).

Recuerden los que están en posiciones de responsabilidad que nos estamos acercando a los peligros de los últimos días. El Señor está pasando revista al mundo entero… Nadie deje que su guía sea un ser finito y propenso a errores. Dios es quien está detrás de los mortales, Uno de quien todos reciben la sabiduría y el conocimiento que los capacita para hacer el bien. Y Dios está dispuesto a ayudar a cada uno. El Señor no hace acepción de personas.

Todos aquellos a quienes el Señor ha investido con ricos dones han de guardarse no sea que el orgullo y la autosuficiencia obtengan el control. La persona que ejerza mayor influencia, aquella a quien el pueblo esté dispuesto a seguir, necesita estar abierta a las oraciones y admoniciones de otros obreros. Oren para ser guardados del orgullo y de la exaltación propia (El Cristo triunfante, 31 de mayo, p. 160).

Elena G.W

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