Revelación e inspiración
«La revelación de Jesucristo, que Dios le dio para manifestar a sus siervos lo que debe suceder pronto; y la declaró mediante su ángel a su siervo Juan. Y Juan testifica de todo lo que vio, de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo» — Apocalipsis 1:1-2
Domingo: 25 de octubre
Revelación general y especial
El Creador del cosmos se comunica con nosotros porque somos seres humanos caídos en un mundo pecaminoso y nos enfrentamos a la muerte, el sufrimiento y las pruebas. Por lo tanto, Dios desea que sepamos por qué estamos aquí, por qué existe el mal y por qué podemos confiar en su amor a pesar de todo.
La revelación general de Dios, tal como se aprecia en el mundo natural, habla elocuentemente de su poder infinito y su amor benevolente. El rey David exclamó: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Sal. 19:1). El apóstol Pablo añadió: «Los atributos invisibles de Dios, su eterno poder y su divinidad se ven claramente desde la creación del mundo, y se entienden por las cosas que han sido creadas; de modo que no tienen excusa» (Rom. 1:20).
También resulta asombroso reflexionar acerca del poder restaurador divino manifestado en los misteriosos procesos de nuestro mundo. De hecho, «el poder sanador de Dios se hace sentir en toda la naturaleza. Si se corta un árbol, si un ser humano se lastima o se rompe un hueso, la naturaleza empieza inmediatamente a reparar el daño. Aun antes de que exista la necesidad, están listos los elementos sanadores, y tan pronto como se lastima una parte, todas las energías se dedican a la obra de restauración» (Elena de White, La educación, p. 113).
Por muy hermoso e instructivo que pueda ser el mundo natural, no solo revela el poder y el amor de Dios, sino también la presencia del mal (ver Gén. 3:14-19; Mat. 13:24-30). Este mensaje ambiguo solo puede ser comprendido adecuadamente a la luz de la revelación especial de Dios, tanto en la persona de Jesucristo, el Verbo encarnado de Dios, como en la Biblia, la Palabra escrita de Dios que da testimonio de él (Juan 5:39).
Las Escrituras son el registro inspirado de los mensajes de Dios a todos los seres humanos a lo largo de los siglos. Ellas nos hablan de la creación del mundo, de la trágica caída, del asombroso plan divino de redención y de la restauración final del planeta Tierra. Por breves y selectivas que puedan ser algunas narraciones bíblicas, siempre son dignas de confianza, pues Dios es quien nos habla en ellas (ver 2 Tim. 3:16; 2 Ped. 1:19-21).
Comentarios Elena G.W
Reconocer que no podemos entender plenamente las grandes verdades de la Escritura no es sino admitir que la mente finita no basta para abarcar lo infinito; que el hombre, con su limitado conocimiento humano, no puede comprender los designios de la Omnisciencia.
Por el hecho de que no pueden sondear todos los misterios de la Palabra de Dios, los escépticos y los incrédulos la rechazan; y no todos los que profesan creer en ella están exentos de este peligro. El apóstol dice: “Mirad, pues, hermanos, no sea que acaso haya en alguno de vosotros, un corazón malo de incredulidad, en el apartarse del Dios vivo”. Hebreos 3:12. Es bueno estudiar detenidamente las enseñanzas de la Escritura e investigar “las profundidades de Dios” hasta donde se revelan en ella, porque si bien “las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios”, “las reveladas nos pertenecen a nosotros”. 1 Corintios 2:10; Deuteronomio 29:29. Pero Satanás obra para pervertir las facultades de investigación del entendimiento. Cierto orgullo se mezcla con la consideración de la verdad bíblica, de modo que cuando los hombres no pueden explicar todas sus partes como quieren se impacientan y se sienten derrotados. Es para ellos demasiado humillante reconocer que no pueden entender las palabras inspiradas. No están dispuestos a esperar pacientemente hasta que Dios juzgue oportuno revelarles la verdad. Creen que su sabiduría humana sin auxilio alguno basta para hacerles entender la Escritura, y cuando no lo logran niegan virtualmente la autoridad de esta. Es verdad que muchas teorías y doctrinas que se consideran generalmente derivadas de la Biblia no tienen fundamento en lo que ella enseña, y en realidad contrarían todo el tenor de la inspiración. Estas cosas han sido motivo de duda y perplejidad para muchos espíritus. No son, sin embargo, imputables a la Palabra de Dios, sino a la perversión que los hombres han hecho de ella.
Si fuera posible para los seres terrenales obtener pleno conocimiento de Dios y de sus obras, no habría ya para ellos, después de lograrlo, ni descubrimiento de nuevas verdades, ni crecimiento del saber, ni desarrollo ulterior del espíritu o del corazón. Dios no sería ya supremo; y el hombre, habiendo alcanzado el límite del conocimiento y del progreso, dejaría de adelantar. Demos gracias a Dios de que no es así. Dios es infinito; en él están “todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia”. Colosenses 2:3. Y por toda la eternidad los hombres podrán estar siempre escudriñando, siempre aprendiendo, sin poder agotar nunca, sin embargo, los tesoros de la sabiduría, la bondad y el poder del Eterno.
Él quiere que aun en esta vida las verdades de su Palabra se vayan revelando de continuo a su pueblo. Y hay solamente un modo por el cual se obtiene este conocimiento. No podemos llegar a entender la Palabra de Dios sino por la iluminación del Espíritu por el cual ella fue dada. “Las cosas de Dios nadie las conoce, sino el Espíritu de Dios”, “porque el Espíritu escudriña todas las cosas, y aun las cosas profundas de Dios”. 1 Corintios 2:11, 10. Y la promesa del Salvador a sus discípulos fue: “Mas cuando viniere aquél, el Espíritu de verdad, él os guiará al conocimiento de toda la verdad… porque tomará de lo mío, y os lo anunciará”. Juan 16:13, 14— El camino a Cristo, pp. 108-110


