Jueves 14 de marzo – INAMOVIBLE COMO EL MONTE SION – EL ANHELO DE DIOS EN SION

EL ANHELO DE DIOS EN SION

“Anhelo y ardientemente deseo los atrios del Señor. Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo” (Sal. 84:2).

Jueves: 14 de marzo

INAMOVIBLE COMO EL MONTE SION

Lee Salmo 125:1 y 2. ¿Cómo se describe aquí a los que confían en Dios?

 

Salmo 125:1-2

1 Los que confían en Jehová son como el monte de Sion, Que no se mueve, sino que permanece para siempre. Como Jerusalén tiene montes alrededor de ella, Así Jehová está alrededor de su pueblo Desde ahora y para siempre.

A los que confían en el Señor se los compara con el monte Sion, símbolo de firmeza y fortaleza. La magnífica vista de las montañas que rodeaban la ciudad de Jerusalén inspiró al salmista a reconocer la certeza de la protección divina (Sal. 5:12; 32:7, 10). A diferencia de los montes dominados por los impíos, que son zarandeados por los mares (Sal. 46:2), la impresionante durabilidad del monte sobre el que se asentaba Jerusalén inspira una profunda confianza. La confianza en la protección de Dios se hace aún más audaz ante la dolorosa realidad en la que el mal parece prevalecer con tanta frecuencia. Sin embargo, incluso en medio de ese mal, el pueblo de Dios puede tener esperanza.

Lee Salmo 125:3 al 5. ¿Qué tentación tienen los justos? ¿Cuál es la lección para nosotros?

 

Salmo 125:3-5

Porque no reposará la vara de la impiedad sobre la heredad de los justos; No sea que extiendan los justos sus manos a la iniquidad. Haz bien, oh Jehová, a los buenos, Y a los que son rectos en su corazón. Mas a los que se apartan tras sus perversidades, Jehová los llevará con los que hacen iniquidad; Paz sea sobre Israel.

Los hijos de Dios pueden sentirse desanimados por el éxito de los impíos y quizá se sientan tentados a seguir sus caminos (Sal. 73:2-13; 94:3). La tremenda estabilidad del monte de Sion no puede proteger a los que se apartan del Señor. El pueblo sigue teniendo libertad para extender “sus manos a la iniquidad” (Sal. 125:3) y apartarse “por sendas tortuosas” (Sal. 125:5). El Señor es justo y juzgará a quienes persistan en su rebeldía, junto con otros pecadores impenitentes.

Este es el llamado al pueblo de Dios para que permanezca inconmovible en la fe y la confianza en el Señor, del mismo modo que el monte Sion es su refugio inconmovible. Es decir, aun cuando no entendemos las cosas, podemos seguir confiando en la bondad de Dios.

“La entrada del pecado en el mundo, la encarnación de Cristo, el nuevo nacimiento, la resurrección, y muchos otros asuntos que se presentan en la Biblia, son misterios demasiado profundos para que la mente humana los explique o incluso los comprenda plenamente. Pero no tenemos razón para dudar de la Palabra de Dios porque no podamos entender los misterios de su providencia. […] Por todas partes se presentan maravillas que superan nuestra comprensión. Por lo tanto, ¿deberíamos sorprendernos de que también en el mundo espiritual encontremos misterios que no podemos sondear? La dificultad reside únicamente en la debilidad y la estrechez de la mente humana. Dios nos ha dado en las Escrituras suficientes pruebas de que estas son de carácter divino, y no debemos dudar de su Palabra porque no podamos entender todos los misterios de su providencia” (Elena de White, El camino a Cristo, p. 108).

Comentarios Elena G.W

[Los] los saduceos y fariseos resolvieron conjuntamente hacer cesar la obra de los discípulos, pues demostraban su culpabilidad en la muerte de Jesús. Poseídos de indignación, los sacerdotes echaron violentamente mano a Pedro y Juan y los pusieron en la cárcel pública.

No se intimidaron ni se abatieron los discípulos por semejante trato… El Dios del cielo, el poderoso Gobernador del universo, tomó por su cuenta el asunto del encarcelamiento de los discípulos, porque los hombres guerreaban contra su obra. Por la noche, el ángel del Señor abrió las puertas de la cárcel y dijo a los discípulos: «Id, y estando en el templo, hablad al pueblo todas las palabras de esta vida». Hechos 5:20.

Poco antes de su crucifixión, Cristo había dejado a sus discípulos un legado de paz: «La paz os dejo —dijo—, mi paz os doy… Esta paz no es la paz que proviene de la conformidad con el mundo. Cristo nunca procuró paz transigiendo con el mal. La que Cristo dejó a sus discípulos es interior más bien que exterior, y había de permanecer para siempre con sus testigos a través de las luchas y contiendas (Exaltad a Jesús, p. 222).

¿Cuál fue la fortaleza de los que en tiempos pasados padecieron persecución por causa de Cristo? Consistió en su unión con Dios, con el Espíritu Santo y con Cristo. El vituperio y la persecución han separado a muchos de sus amigos terrenales, pero nunca del amor de Cristo. Nunca es tan amada de su Salvador el alma combatida por las tormentas de la prueba como cuando padece afrenta por la verdad. «Yo le amaré, y me manifestaré a él», dijo Cristo. Juan 14:21. Cuando el creyente se sienta en el banquillo de los acusados ante los tribunales terrenales por causa de la verdad, está Cristo a su lado. Cuando se ve recluido entre las paredes de una cárcel, Cristo se le manifiesta y le consuela con su amor, Cuando padece la muerte por causa de Cristo, el Salvador le dice: Podrán matar el cuerpo, pero no podrán dañar el alma…

«Los que confían en Jehová son como el monte de Sión, que no deslizará: estará para siempre. Como Jerusalem tiene montes alrededor de ella, así Jehová alrededor de su pueblo desde ahora y para siempre». «De engaño y de violencia redimirá sus almas; y la sangre de ellos será preciosa en sus ojos». Salmo 125:1, 2 (Los hechos de los apóstoles, pp. 70, 71).

El peligro acecha en medio de la prosperidad. A través de los siglos, las riquezas y los honores han hecho peligrar la humildad y la espiritualidad. No es la copa vacía la que nos cuesta llevar; es la que rebosa la que debe ser llevada con cuidado. La aflicción y la adversidad pueden ocasionar pesar; pero es la prosperidad la que resulta más peligrosa para la vida espiritual. A menos que el súbdito humano esté constantemente sometido a la voluntad de Dios, a menos que esté santificado por la verdad, la prosperidad despertará la inclinación natural a la presunción (Profetas y reyes, p. 43).

Elena G.W

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