SABIDURÍA PARA VIVIR CON RECTITUD
“Enséñanos a contar nuestros días de modo que nuestro corazón adquiera sabiduría” (Sal. 90:12).
Lunes: 19 de febrero
ENSÉÑANOS A CONTAR NUESTROS DÍAS
Lee Salmos 90; 102:11; y 103:14 al 16. ¿Cuál es el dilema humano?
Salmos 90
1 Señor, tú nos has sido refugio De generación en generación. 2 Antes que naciesen los montes Y formases la tierra y el mundo, Desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios. 3 Vuelves al hombre hasta ser quebrantado, Y dices: Convertíos, hijos de los hombres. 4 Porque mil años delante de tus ojos Son como el día de ayer, que pasó, Y como una de las vigilias de la noche. 5 Los arrebatas como con torrente de aguas; son como sueño, Como la hierba que crece en la mañana. 6 En la mañana florece y crece; A la tarde es cortada, y se seca. 7 Porque con tu furor somos consumidos, Y con tu ira somos turbados. 8 Pusiste nuestras maldades delante de ti, Nuestros yerros a la luz de tu rostro. 9 Porque todos nuestros días declinan a causa de tu ira; Acabamos nuestros años como un pensamiento. 10 Los días de nuestra edad son setenta años; Y si en los más robustos son ochenta años, Con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, Porque pronto pasan, y volamos. 11 ¿Quién conoce el poder de tu ira, Y tu indignación según que debes ser temido? 12 Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, Que traigamos al corazón sabiduría. 13 Vuélvete, oh Jehová; ¿hasta cuándo? Y aplácate para con tus siervos. 14 De mañana sácianos de tu misericordia, Y cantaremos y nos alegraremos todos nuestros días. 15 Alégranos conforme a los días que nos afligiste, Y los años en que vimos el mal. 16 Aparezca en tus siervos tu obra, Y tu gloria sobre sus hijos. 17 Sea la luz de Jehová nuestro Dios sobre nosotros, Y la obra de nuestras manos confirma sobre nosotros; Sí, la obra de nuestras manos confirma.
Salmo 102:11
11 Mis días son como sombra que se va, Y me he secado como la hierba.
Salmo 103:14-16
14 Porque él conoce nuestra condición; Se acuerda de que somos polvo. 15 El hombre, como la hierba son sus días; Florece como la flor del campo, 16 Que pasó el viento por ella, y pereció, Y su lugar no la conocerá más.
La existencia humana caída no es más que vapor a la luz de la eternidad. Mil años a los ojos de Dios son “como una vigilia de la noche”, que dura tres o cuatro horas (Sal. 90:4). Comparada con el tiempo divino, una vida humana pasa volando (Sal. 90:10). Los más fuertes entre los seres humanos son análogos a las más débiles entre las plantas (Sal. 90:5, 6; 103:15, 16). Sin embargo, aun esa corta vida está llena de trabajo y dolor (Sal. 90:10). Incluso las personas seculares, que no creen en Dios, se lamentan de la brevedad de la vida, especialmente en contraste con la eternidad que saben que los amenaza con continuar sin ellos.
Salmo 90 sitúa el dilema humano en el contexto del cuidado de Dios por las personas como su Creador. El Señor ha sido la morada de su pueblo en todas las generaciones (Sal. 90:1, 2). La palabra hebrea maqom (‘habitación’) describe al Señor como el refugio de su pueblo (Sal. 91:9).
Dios refrena su justa ira y vuelve a extender su gracia. El salmista exclama: “¿Quién conoce el poder de tu ira?” (Sal. 90:11), dando a entender que nadie ha experimentado nunca el pleno efecto de la ira de Dios contra el pecado, por lo que hay esperanza de que la gente se arrepienta y adquiera sabiduría para vivir rectamente.
En la Biblia, la sabiduría no se refiere únicamente a la inteligencia, sino también a la reverencia a Dios. La sabiduría que necesitamos es saber “contar nuestros días” (Sal. 90:12). Si podemos contar nuestros días, significa que nuestros días son limitados, y que sabemos que son limitados. Vivir con sabiduría significa tener conciencia de la fugacidad de la vida, lo que lleva a la fe y a la obediencia. Esta sabiduría solo se obtiene mediante el arrepentimiento (Sal. 90:8, 12) y los dones de Dios del perdón, la compasión y la misericordia (Sal. 90:13, 14).
Nuestro problema fundamental no proviene del hecho de que hayamos sido creados como seres humanos, sino del pecado y de lo que este ha provocado en nuestro mundo. Sus efectos devastadores se verifican en todas partes y en cada persona.
Con todo, gracias a Jesús se nos ha abierto un camino para salir de nuestro dilema humano (Juan 1:29; 3:14-21). De lo contrario, no tendríamos ninguna esperanza.
No importa lo rápido que pase nuestra vida, ¿qué promesa tenemos en Jesús? (Ver Juan 3:16). ¿Qué esperanza tendríamos sin él?
Comentarios Elena G.W
Apenas los miembros de la familia humana han empezado a vivir, cuando comienzan a morir, y la labor incesante del mundo termina en la nada a menos que se obtenga un verdadero conocimiento respecto a la vida eterna. El hombre que aprecia el tiempo como su día de trabajo, se preparará para una mansión y una vida inmortales. Vale la pena que él haya nacido.
Se nos amonesta a redimir el tiempo. Pero el tiempo desperdiciado no puede recuperarse jamás. No podemos hacer retroceder ni un solo momento. La única manera en la cual podemos redimir nuestro tiempo es aprovechando lo más posible el que nos queda, colaborando con Dios en su gran plan de redención…
Cada momento está cargado de consecuencias eternas. Hemos de ser soldados de emergencia, listos para entrar en acción al instante de recibir el aviso. La oportunidad que se nos ofrece hoy de hablar a algún alma necesitada de la Palabra de vida, puede no volver jamás. Puede ser que Dios diga a esa persona: «Esta noche vuelven a pedir tu alma» (Lucas 12:20), y a causa de nuestra negligencia no se halle lista. En el gran día del juicio, ¿cómo rendiremos cuenta de ello a Dios? (El ministerio de curación, pp. 277, 278).
La obra de nuestra vida aquí debe consistir en prepararnos para la eternidad. No sabemos cuán pronto puede terminar la obra de nuestra vida, y cuán esencial es que nuestra naturaleza baja y pecaminosa sea vencida, y que recibamos la imagen de Cristo. No tenemos tiempo que perder. Necesitamos prepararnos cada día para la eternidad. Se nos concede tiempo en esta vida para buscar la dádiva de la vida eterna. Dios nos ha concedido un tiempo de prueba, y si vivimos nuestros setenta años, ¡cuán corto es este período para obrar nuestra salvación! Comparemos entonces este lapso con la vida que se equipara con la de Dios. Nuestro corto tiempo de prueba puede terminar en cualquier momento. Entonces, cuán fervientes deberíamos ser a fin de asegurarnos un título indiscutible para un hogar en la tierra nueva…
Mi inquietud consiste en hacer la obra que el Maestro me ha confiado y que nada me aparte de ella… Debemos tratar de ser uno con Dios. Su interés debe ser el nuestro, como asimismo sus sentimientos y sus designios. Conocemos el amor de Dios por los pecadores y el infinito sacrificio que se ha hecho para salvar a las almas que perecen; entonces, unámonos con Cristo en esta gran obra (Cada día con Dios, p. 1 15).
Cristo no abandonará al alma por la cual murió. Ella puede dejarlo a él y ser vencida por la tentación; pero nunca puede apartarse Cristo de uno a quien compró con su propia vida…
Vivamos en contacto con el Cristo vivo, y él nos asirá firmemente con una mano que nos guardará para siempre. Creamos en el amor con que Dios nos ama, y estaremos seguros; este amor es una fortaleza inexpugnable contra todos los engaños y ataques de Satanás. «Torre fuerte es el nombre de Jehová; a él correrá el justo, y será levantado» Proverbios 18:10 (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 100, 101).


