EL PECADO, EL EVANGELIO Y LA LEY
«Jamás olvidaré tus mandamientos, porque con ellos me has vivificado. Tuyo soy; sálvame porque he buscado tus mandamientos» (Sal. 119: 93, 94).
Martes: 26 de mayo
LA LEY
¿Cómo definirías y describirías el pecado para que lo entendiera un no cristiano? ¿Cómo describe la Biblia el pecado? Lee Romanos 3: 20 y 1 Juan 3: 4.
Romanos 3: 20
20 ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.
1 Juan 3: 4
4 Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley.
El pecado es la transgresión de la Ley de Dios (1 Juan 3: 4) y, al mismo tiempo, está profundamente arraigado en nuestra naturaleza caída (Sal. 51: 5; Jer. 17: 9). La Ley pone de manifiesto el pecado al actuar como si fuera un par de anteojos que nos permite ver claramente lo que nos rodea, o como un espejo para percibir cómo somos en realidad. Ella aporta claridad y convicción a nuestra vida y a nuestro carácter, además de hablarnos del carácter de Dios y de lo que es importante para él.
Los Diez Mandamientos (Éxo. 20: 3-17) fueron escritos por Dios mismo. Jesús se hizo eco de su importancia al decir: «El primer mandamiento de todos es […] “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y toda tu fuerza”. Y el segundo es semejante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos» (Mar. 12: 30, 31). Y añadió: «De estos dos mandamientos penden toda la ley y los profetas» (Mat. 22: 40).
Las palabras que Dios dirigió a los israelitas en el monte Sinaí y a nosotros hoy (Heb. 1: 1, 2) nos dicen que la Ley tiene que ver con las relaciones. Dios proveyó la Ley como una salvaguardia para proteger nuestra relación con él y con los demás. Sin embargo, Satanás ha distorsionado la belleza de la Ley divina para que sea vista por algunos como una carga. El legalismo, carente de amor y opuesto a la libertad, es a menudo asociado con la Ley, a pesar de que la Biblia dice: «En esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos» (1 Juan 5: 3).
- En una escala del 1 al 5, ¿qué valor tiene para ti la Palabra viva y la Ley como parte de ella?
- Cuando pienso en la Ley de Dios, ¿creo que me limita o que me fortalece? ¿Cómo puedo entender mejor la Ley si la considero una limitación?
- ¿Qué sucedería si colocáramos la Ley de Dios, cuya esencia es el amor a él y a los demás, en el centro de nuestra vida, de nuestra familia y de nuestra iglesia? ¿Qué cambio causaría en tu vida y en tus relaciones?
Comentarios Elena G.W
La Palabra de Dios incluye las escrituras del Antiguo Testamento así como las del Nuevo. El uno no es completo sin el otro. Cristo declaró que las verdades del Antiguo Testamento son tan valiosas como las del Nuevo. Cristo fue el Redentor del hombre en el principio del mundo en igual grado en que lo es hoy. Antes de revestir él su divinidad de humanidad y venir a nuestro mundo, el mensaje evangélico fue dado por Adán, Set, Enoc, Matusalén y Noé. Abrahán en Canaán y Lot en Sodoma llevaron el mensaje, y de generación en generación fieles mensajeros proclamaron a Aquel que había de venir…
Los discípulos habían de ir como testigos de la vida, la muerte y la intercesión de Cristo, que los profetas habían predicho. Cristo en su humillación, en su pureza y santidad, en su amor incomparable, había de ser su tema. Y para predicar el Evangelio en su plenitud, ellos debían presentar al Salvador no solamente revelado en su vida y enseñanzas, sino predicho por los profetas del Antiguo Testamento y simbolizado por los servicios expiatorios…
En cada época hay un nuevo desarrollo de la verdad, un mensaje de Dios al pueblo de esa generación. Las viejas verdades son todas esenciales; la nueva verdad no es independiente de la vieja, sino un desarrollo de ella. Es Únicamente comprendiendo las viejas verdades como podemos entender las nuevas. Cuando Cristo deseó revelar a sus discípulos la verdad de su resurrección, comenzó «desde Moisés, y de todos los profetas», y «declarábales en todas las Escrituras lo que de él decían». Lucas 24:27. Pero es la luz que brilla en el nuevo desarrollo de la verdad la que glorifica lo viejo. Aquel que rechaza o descuida lo nuevo no posee realmente lo viejo. Para él la verdad pierde su poder vital y llega a ser solamente una forma muerta.
Existen personas que profesan creer y enseñar las verdades del Antiguo Testamento mientras rechazan el Nuevo. Pero al rehusar recibir las enseñanzas de Cristo, demuestran no creer lo que dijeron los patriarcas y profetas…
Al rechazar el Antiguo Testamento, prácticamente rechazan el Nuevo; pues ambos son partes de un todo inseparable. Ningún hombre puede presentar correctamente la ley de Dios sin el evangelio, ni el evangelio sin la ley. La ley es el evangelio sintetizado, y el evangelio es la ley desarrollada. La ley es la raíz, el Evangelio su fragante flor y fruto.
El Antiguo Testamento arroja luz sobre el Nuevo, y el Nuevo sobre el Viejo. Cada uno de ellos es una revelación de la gloria de Dios en Cristo. Ambos presentan verdades que revelarán continuamente nuevas profundidades de significado para el estudiante fervoroso (Exaltad a Jesús, 19 de octubre, p. 300).
todo esto por ti mediante Cristo. Crees en esa promesa. Confiesas tus pecados y te entregas a Dios. Quieres servirle. Tan ciertamente como haces esto, Dios cumplirá su palabra contigo. Si crees la promesa, si crees que estás perdonado y limpiado, Dios suple el hecho; estás sano, tal como Cristo dio potencia al paralítico para andar cuando el hombre creyó que había sido sanado. Así es si lo crees.
No aguardes hasta sentir que estás sano, mas di: «Lo creo; así es, no porque lo sienta, sino porque Dios lo ha prometido» (El camino a Cristo, p. 51).


