El llamado de un profeta
«Después oí la voz del Señor, que dijo: “¿A quién enviaré? ¿Quién irá de nuestra parte?”. Entonces respondí: “Aquí estoy, envíame a mí”» — Isaías 6:8
Martes: 6 de octubre
Isaías, el profeta precursor del evangelio
Isaías, uno de los principales profetas del Antiguo Testamento, recibió su llamado al ministerio profético directamente de Dios (ver Isa. 6:1-8). Abrumado por la santidad y la majestad divinas, el profeta se dio cuenta de su indignidad. En ese momento, un serafín voló hacia Isaías con un carbón encendido tomado del altar celestial y Dios perdonó sus pecados. Entonces, Dios preguntó: «¿A quién enviaré? ¿Quién irá de nuestra parte?». La respuesta de Isaías debería ser la nuestra: «Aquí estoy, envíame a mí» (Isa. 6:8).
El llamado de Isaías llegó en un momento crucial de la historia de Israel. A pesar de sus propios defectos, la tarea de advertir a Israel y a sus líderes de sus pecados era muy importante. Las profecías de Isaías son pasajes clave de las Escrituras, pues revelan una profunda comprensión de la naturaleza divina y de la humana, y del plan de salvación que se está desarrollando. De hecho, la profecía más poderosa que describe no solo la muerte de Jesús, sino también lo que esa muerte significó para el mundo, se encuentra en el famoso capítulo 53 de Isaías.
Las profecías de Isaías predijeron el propósito y la misión del Mesías (Isa. 53:3-5). Explicaban por qué Cristo fue «como cordero […] llevado al matadero» (Isa. 53:7) y cómo su sacrificio expiatorio salva del pecado. El aspecto sustitutivo de la muerte de Cristo es descrito allí de manera muy explícita, mostrando el fundamento de la expiación realizada en favor de toda la humanidad.
«Todos nos descarriamos como ovejas, cada cual se desvió por su camino. Pero el Señor cargó sobre él el pecado de todos nosotros» (Isa. 53:6). Aquí se describe la naturaleza universal del pecado y la naturaleza universal de la cruz, que es la solución al pecado. Este capítulo, quizá más que ningún otro en el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, muestra el plan de salvación en términos sumamente claros e inequívocos.
Sin embargo, el ministerio profético de Isaías no fue fácil. La gente consideraba absurdas sus terribles predicciones acerca de su destrucción, al igual que muchos hoy cuando se les advierte acerca de las consecuencias del pecado (Rom. 6:23). La voz profética de Isaías para su época y la nuestra es clara (ver Isa. 2:4; 5:20). Fue la negativa de la nación a practicar la justicia y la reforma lo que llevó a la destrucción de Jerusalén. El mismo pecado marcará la destrucción de los habitantes malvados de la tierra cuando Cristo regrese.
Comentarios Elena G.W
Isaías había denunciado el pecado de otros; pero ahora se veía a sí mismo expuesto a la misma condenación que había denunciado en ellos. Se había sentido satisfecho con una fría y hueca ceremonia en su culto a Dios. No se había dado cuenta de esto hasta que tuvo la visión del Señor. ¡Cuán insignificante aparecía ahora su sabiduría y sus talentos al ver la santidad y majestad del Santuario!… Cómo se vio a sí mismo está expresado en el lenguaje del apóstol Pablo: “¡Miserable hombre de mí! ¿quién me librará del cuerpo de esta muerte?” Romanos 7:24…
“Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas: Y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado”. Isaías 6:6, 7.
La visión que recibió Isaías representa la condición del pueblo de Dios en los últimos días… Cuando, por medio de la fe, miran dentro del Lugar Santísimo y ven la obra de Cristo en el Santuario celestial, comprenden que son un pueblo de labios inmundos: un pueblo cuyos labios a menudo hablan vanidad y cuyos talentos no han sido santificados y empleados enteramente para la gloria de Dios. Bien pueden desesperarse al ver el contraste entre su propia debilidad e indignidad y la pureza y hermosura del glorioso carácter de Cristo. Pero si, como Isaías… humillan sus almas delante de Dios, habrá esperanza para ellos— La fe por la cual vivo, 3 de julio, p. 192
Fue en circunstancias difíciles y desalentadoras cuando Isaías, aún joven, fue llamado a la misión profética. El desastre amenazaba a su país. Por haber transgredido la ley de Dios, los habitantes de Judá habían perdido todo derecho a su protección, y las fuerzas asirias estaban por subir contra el reino de Judá. Pero el peligro de sus enemigos no era la mayor dificultad. Era la perversidad del pueblo lo que sumía al siervo del Señor en el más profundo desaliento. Por su apostasía y rebelión, dicho pueblo estaba atrayendo sobre sí los juicios de Dios. El joven profeta había sido llamado a darle un mensaje de amonestación, y sabía que encontraría una resistencia obstinada… Su tarea le parecía casi desesperada…
Tales eran los pensamientos que se agolpaban en su mente mientras estaba debajo del pórtico del santo templo. De repente, la puerta y el velo interior del templo parecieron alzarse o retraerse, y se le permitió mirar adentro, al Lugar Santísimo, donde ni siquiera los pies del profeta podían penetrar. Se alzó delante de él una visión de Jehová sentado sobre un trono alto y elevado, mientras que su séquito llenaba el templo. A cada lado del trono se cernían los serafines, que volaban con dos alas, mientras que con otras dos velaban su rostro en adoración, y con otras dos cubrían sus pies…
Nunca antes había comprendido Isaías la grandeza de Jehová o su perfecta santidad; y le parecía que debido a su fragilidad e indignidad humanas debía perecer en aquella presencia divina. “¡Ay de mí! —exclamó— que soy muerto; que siendo hombre inmundo de labios y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos”. Pero se le acercó un serafín con el fin de hacerle idóneo para su gran misión. Un carbón ardiente del altar tocó sus labios mientras se le dirigían las palabras: “He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado”. Y cuando se oyó la voz de Dios que decía: “¿A quién enviaré, y quién nos irá?” Isaías respondió con plena confianza: “Heme aquí, envíame a mí”… El profeta había sido fortalecido para la obra que tenía delante de sí— Conflicto y valor, 14 de agosto, p. 232


