ORGULLO VERSUS HUMILDAD
«El que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido» (Luc. 14: 11).
Miércoles: 15 de abril
LA MAYOR OFENSA
Imagina que eres uno de los discípulos de Jesús. Viajas con él, comes con él, duermes cerca de él y aprendes de él mientras transforma innumerables vidas, incluida la tuya. La gente clama por él y te das cuenta del privilegio que significa haber sido elegido para integrar el grupo de las doce personas más cercanas a él. Entonces empiezas a preguntarte: ¿Quién es el más importante de los discípulos?
Lee Lucas 22: 24 al 27 para considerar la respuesta de Jesús a la disputa de los discípulos sobre el significado de la verdadera grandeza. ¿Qué afirmación constituye el núcleo del mensaje de Jesús?
Lucas 22: 24-27
24 Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor. 25 Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; 26 mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve. 27 Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve.
Después de todo el tiempo que habían pasado con Jesús, ese tipo de debate es lo último que alguien habría esperado.
En lugar de estar felices y agradecidos por su llamado, el orgullo se había apoderado de sus corazones y cada uno se creía superior a los demás. Es fácil permitir que tales pensamientos dominen nuestra mente. Pero se nos dice que «no hay nada que ofenda tanto a Dios, o que sea tan peligroso para el alma humana, como el orgullo y la suficiencia propia. De todos los pecados es el más pernicioso, el más incurable» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 122).
Esto es algo muy serio. Nuestro orgullo es lo que más ofende a Dios, y es un rasgo de carácter difícil de superar porque a menudo no percibimos su gravedad. En nuestro estado de suficiencia propia, decidimos no evaluarnos pues seguramente el orgullo ocupa en nuestra vida la posición de un monarca. Necesitamos detenernos, evaluarnos y pedir a Dios que abra nuestros ojos para que podamos percibir nuestra verdadera condición, ya que el orgullo puede ser el principal factor que nos impide tener una relación estrecha con Dios.
Si reconoces que solo Dios puede eliminar el orgullo y el egoísmo de tu vida, haz una pausa y eleva esta plegaria ahora mismo: «Señor, toma mi corazón; porque yo no puedo dártelo. Es tuyo, mantenlo puro, porque yo no puedo guardarlo por ti. Sálvame a pesar de mi yo, mi yo débil y que no se parece a Cristo. Modélame, fórmame, elévame a una atmósfera pura y santa, donde la rica corriente de tu amor pueda fluir por mi alma» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 127).
Comentarios Elena G.W
«El cambio de corazón representado por el nuevo nacimiento puede realizarse únicamente por la obra efectiva del Espíritu Santo… El orgullo y el amor propio resisten al espíritu de Dios; cada inclinación natural del alma se opone al cambio que transforma la altivez y el orgullo en la mansedumbre y humildad de Cristo. Pero si hemos de caminar en la senda de la vida eterna no debemos prestar oído al susurro del yo. Con humildad y contrición debemos suplicar a nuestro Padre celestial: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí». Salmo 51:10. Al recibir la luz divina y cooperar con las inteligencias celestiales, nacemos de nuevo, liberados de la corrupción del pecado por el poder de Cristo» (The Faith I Live By, p. 137; parcialmente en La fe por la cual vivo, 11 de mayo, p. 139).
Santiago y Juan presentaron, por medio de su madre, una petición a Cristo para solicitar que les fuera permitido ocupar los más altos puestos de honor en el reino. A pesar de las repetidas instrucciones de Cristo concernientes a la naturaleza de su reino, estos jóvenes discípulos aún abrigaban la esperanza de un Mesías que ascendería a su trono con majestuoso poder, de acuerdo con los deseos de los hombres…
Pero el Salvador contestó: «No sabéis lo que pedís: ¿podéis beber el vaso que yo he de beber, y ser bautizados del bautismo de que yo soy bautizado?» Sabiendo que sus palabras misteriosas señalaban pruebas y sufrimiento, con todo contestaron confiadamente: «Podemos». Deseaban atribuirse el supremo honor de demostrar su lealtad compartiendo todo lo que estaba por sobrevenir a su Señor.
«A la verdad mi vaso beberéis, y del bautismo de que yo soy bautizado, seréis bautizados», declaró Jesús… Santiago y Juan iban a ser partícipes con su Maestro en el sufrimiento —el uno destinado a una muerte prematura por la espada, el otro seguiría a su Maestro en trabajos, vituperio y persecución por más tiempo que todos los demás discípulos. «Mas el sentaros a mi mano derecha y a mi izquierda —continuó Jesús— no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está aparejado de mi Padre»…
En el reino de Dios no se obtiene un puesto por medio del favoritismo. No se gana ni es otorgado por medio de una gracia arbitraria. Es el resultado del carácter. La cruz y el trono son los símbolos de una condición alcanzada, los símbolos de la conquista propia por medio de la gracia de nuestro Señor Jesucristo…
Aquel que ocupe el lugar más cerca de Cristo, será el que haya bebido más profundamente de su espíritu de amor abnegado —amor que no hace sinrazón, no se ensancha… no busca lo suyo, no se irrita, no piensa el mal» —amor que induce al discípulo, así como indujo a nuestro Señor, a darlo todo, a vivir y trabajar y sacrificarse aun hasta la muerte para la salvación de la humanidad (Conflicto y valor, 4 de noviembre, p. 314).


