Miércoles 21 de octubre – Profetisas y ayudantes pastorales – Profetas del Nuevo Testamento

Profetas del Nuevo Testamento

«Ahora bien, hay diversos dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diversos ministerios, pero el Señor es el mismo; y hay diversas actividades, pero Dios, que efectúa todas las cosas en todos, es el mismo» — 1 Corintios 12:4-6

Miércoles: 21 de octubre

Profetisas y ayudantes pastorales
Lee Lucas 2:36-38 y Hechos 21:9. ¿Qué dicen estos textos acerca de las profetisas?
Lucas 2:36-38 — RV6036 Estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad muy avanzada, pues había vivido con su marido siete años desde su virginidad, 37 y era viuda hacía ochenta y cuatro años; y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones. 38 Esta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén.
Hechos 21:9 — RV609 Este tenía cuatro hijas doncellas que profetizaban.

En los tiempos del Antiguo Testamento, Dios llamó tanto a hombres como a mujeres para que actuaran como sus mensajeros. En el Nuevo Testamento hay evidencias claras de la existencia de profetisas en el siglo primero. Ana fue la primera en ser llamada «profetisa» en el Nuevo Testamento. Ella era alguien que, en su ministerio de tiempo completo, «servía noche y día con ayuno y oración. […] Dio gracias a Dios y habló del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén» (Luc. 2:37-38).

Hechos 21:9 dice que Felipe tenía «cuatro hijas solteras que profetizaban». Los autores cristianos que se ocuparon de la historia del Nuevo Testamento, como Eusebio, tuvieron acceso a textos posteriores que mencionan dónde es posible que vivieran y dónde fueron sepultadas. En definitiva, esto confirma la existencia de mujeres, muy probablemente jóvenes, que tenían el don profético. No conocemos exactamente el contenido de sus mensajes proféticos ni el alcance de su ministerio, pero sabemos que, como en el caso de muchos otros profetas genuinos, sus palabras no llegaron a formar parte del canon bíblico.

Además de las profetisas, jóvenes pastores trabajaban en estrecha colaboración con los apóstoles, quienes los guiaban en el ministerio. Pablo, por ejemplo, se refirió a Timoteo como «verdadero hijo en la fe» (1 Tim. 1:2; ver también 1 Tim. 4:12). Pablo instruyó a Timoteo en los fundamentos del ministerio pastoral y afirmó lo siguiente acerca de su llamamiento: «Hijo Timoteo, te encargo este mandato conforme a las profecías que antes se hicieron acerca de ti. Milita por ellas la buena milicia» (1 Tim. 1:18).

En Tito 1:4, Pablo presentó a Tito como «verdadero hijo en la común fe», le encomendó la tarea de nombrar líderes para la desafiante congregación de Creta, le ofreció orientación espiritual acerca de cómo abordar esta importante responsabilidad y concluyó: «Esto habla, exhorta y reprende con toda autoridad. ¡Nadie te menosprecie!» (Tito 2:15).

Jóvenes, ancianos, hombres, mujeres: todos podemos desempeñar un papel en la obra de Dios. ¿Cuál es el tuyo y cómo puedes hacer aún más?

Comentarios Elena G.W

Las cosas espirituales se disciernen espiritualmente. En el templo, el Hijo de Dios fue dedicado a la obra que había venido a hacer. El sacerdote le miró como a cualquier otro niño. Pero aunque él no vio ni sintió nada insólito, el acto de Dios al dar a su Hijo al mundo no pasó inadvertido. Esta ocasión no pasó sin algún reconocimiento del Cristo. “Había un hombre en Jerusalem, llamado Simeón, y este hombre, justo y pío, esperaba la consolación de Israel: y el Espíritu Santo era sobre él. Y había recibido respuesta del Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Cristo del Señor”.

Al entrar Simeón en el templo, vio a una familia que presentaba su primogénito al sacerdote. Su aspecto indicaba pobreza; pero Simeón comprendió las advertencias del Espíritu, y tuvo la profunda impresión de que el niño presentado al Señor era la Consolación de Israel, Aquel a quien tanto había deseado ver. Para el sacerdote asombrado, Simeón era un hombre arrobado en éxtasis. El niño había sido devuelto a María, y él lo tomó en sus brazos y lo presentó a Dios, mientras que inundaba su alma un gozo que nunca sintió antes. Mientras elevaba al Niño Salvador hacia el cielo, exclamó: “Ahora despides, Señor, a tu siervo, conforme a tu palabra, en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has aparejado en presencia de todos los pueblos; luz para ser revelada a los Gentiles, y la gloria de tu pueblo Israel”.

El espíritu de profecía estaba sobre este hombre de Dios, y mientras que José y María permanecían allí, admirados de sus palabras, los bendijo, y dijo a María: “He aquí, este es puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel; y para señal a la que será contradicho; y una espada traspasará tu alma de ti misma, para que sean manifestados los pensamientos de muchos corazones”.

También Ana la profetisa vino y confirmó el testimonio de Simeón acerca de Cristo. Mientras hablaba Simeón, el rostro de ella se iluminó con la gloria de Dios, y expresó su sentido agradecimiento por habérsele permitido contemplar a Cristo el Señor— El Deseado de todas las gentes, pp. 36, 37


Pablo hacía del educar a los jóvenes para el ministerio evangélico una parte de su obra. Él los llevaba consigo en sus viajes misioneros, y así adquirían una experiencia que más tarde los habilitaría para ocupar puestos de responsabilidad. Aun cuando estuviese separado de ellos, se mantenía siempre en contacto con su obra, y sus cartas a Timoteo y Tito son una prueba de cuán profundo era su deseo de que tuviesen éxito. “Lo que has oído de mí —escribió—, esto encarga a los hombres fieles que serán idóneos para enseñar también a otros”. 2 Timoteo 2:2.

Este rasgo de la obra de Pablo enseña una lección importante a los predicadores de hoy día. Los obreros experimentados hacen una obra noble cuando, en vez de tratar de llevar todas las cargas ellos mismos, preparan a hombres más jóvenes, y ponen cargas sobre sus hombros. Es deseo de Dios que aquellos que han adquirido experiencia en su causa, preparen jóvenes para su servicio.

 

El obrero más joven no debe dejarse embargar de tal manera por las ideas y opiniones de aquel a quien esté confiado, que pierda su propia individualidad. No debe dejar que su identidad se confunda con la de aquel que lo está instruyendo, al punto de no atreverse a ejercer su propio juicio, sino hacer lo que se le dice, sin tener en cuenta su propia conciencia de lo bueno y lo malo. Es privilegio suyo aprender de por sí del gran Maestro. Si aquel con quien trabaja sigue una conducta que no está en armonía con el “así dice Jehová”, no vaya a alguna tercera persona, sino diríjase a su superior en el cargo y preséntele el asunto expresando francamente su parecer. Así el aprendiz puede beneficiar al maestro. Debe desempeñar fielmente su deber— Obreros evangélicos, pp. 107, 108

Elena G.W

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