Domingo 20 de octubre – EL TESTIMONIO DE JUAN EL BAUTISTA – TESTIGOS DE CRISTO COMO MESÍAS

TESTIGOS DE CRISTO COMO MESÍAS “Jesús respondió: ‘Te aseguro, el que no nace de nuevo no puede ver el reino…

 Domingo 20 de octubre – EL TESTIMONIO DE JUAN EL BAUTISTA – TESTIGOS DE CRISTO COMO MESÍAS

TESTIGOS DE CRISTO COMO MESÍAS

“Jesús respondió: ‘Te aseguro, el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios’ ” (Juan 3:3).

Domingo 20 de octubre

EL TESTIMONIO DE JUAN EL BAUTISTA

Como ilustraba la lección de la semana pasada, el Evangelio de Juan comienza con Jesucristo, el Verbo, en su existencia eterna antes de la Creación. Pero, en ese mismo prólogo, Juan el Bautista aparece como testigo de Jesús. Algunos judíos de la época de Jesús esperaban dos mesías, uno sacerdotal y otro real. Juan enseña claramente que Juan el Bautista no pretendía ser uno de esos mesías, sino que era testigo del único Mesías verdadero.

Lee Juan 1:19 al 23. ¿Cómo explicó Juan el Bautista su ministerio y su misión?


Juan 1:19-23

19 Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para que le preguntasen: ¿Tú, quién eres? 20 Confesó, y no negó, sino confesó: Yo no soy el Cristo. 21 Y le preguntaron: ¿Qué pues? ¿Eres tú Elías? Dijo: No soy. ¿Eres tú el profeta? Y respondió: No. 22 Le dijeron: ¿Pues quién eres? para que demos respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo? 23 Dijo: Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.

Los líderes religiosos enviaron sacerdotes y levitas a preguntarle a Juan quién era. Con las grandes expectativas mesiánicas que había en Judea, era importante que el Bautista aclarara su relación con respecto a ellas. Él no era la Luz, pero había sido enviado por Dios para dar testimonio de la Luz y preparar la venida del Mesías (Juan 1:6-8). Por eso les respondió tan claramente como pudo, diciendo: “Yo no soy el Cristo” (Juan 1:20).

Además, Juan bautizaba con agua, pero Cristo bautizaría con el Espíritu (Juan 1:26, 33). Juan no era digno de desatar la correa de las sandalias de Je- sús (Juan 1:27). Cristo superaba a Juan, pues existía desde antes que él (Juan 1:30). Jesús era el Hijo de Dios, y Juan se limitó a señalarlo como tal (Juan 1:34).

Lee Isaías 40:1 al 5 y Juan 1:23. ¿Cómo utiliza Juan estos versículos?

 

Isaías 40:1-5

1 Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios. 2 Hablad al corazón de Jerusalén; decidle a voces que su tiempo es ya cumplido, que su pecado es perdonado; que doble ha recibido de la mano de Jehová por todos sus pecados. 3 Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios. 4 Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane. 5 Y se manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá; porque la boca de Jehová ha hablado.


Juan 1:23

23 Dijo: Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.

En la época de los caminos repletos de huecos y rocas, a veces se enviaban siervos delante del rey para nivelar la superficie de las calzadas, eliminar las curvas cerradas y allanar así el camino del soberano. En cumplimiento de la profecía, Juan vino con el fin de preparar el corazón de las personas para Jesús.

¿Cómo deberíamos los adventistas del séptimo día cumplir el mismo tipo de ministerio que Juan el Bautista? ¿Cuáles son los paralelismos?

Comentarios Elena G.W

Había una gran obra designada para el profeta Juan, pero no había ninguna escuela en la tierra a la cual pudiera asistir. Debía adquirir su conocimiento lejos de las ciudades, en el desierto. Las Escrituras del Antiguo Testamento, Dios y la naturaleza que él había creado debían ser sus libros de estudio. Dios estaba capacitando a Juan para su obra de preparar el camino del Señor. Su alimento era simplemente langostas y miel silvestre. Las costumbres y las prácticas de los hombres no debían ser la educación de este hombre. La preocupación por lo mundano no debía afectar en nada la formación de su carácter…

Él buscaba el favor de Dios, y el Espíritu Santo descansaba sobre él, y encendió en su corazón un ardiente celo de hacer la gran obra de llamar a la gente al arrepentimiento y a una vida más elevada y más santa. Juan se estaba capacitando mediante las privaciones y las dificultades para disciplinar de tal manera todas sus facultades físicas y mentales, que pudiera sostenerse entre las gentes tan inconmovible frente a las circunstancias como las rocas y montañas del desierto qué lo habían rodeado durante treinta años (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 5, p. 1090)

La niñez, juventud y edad adulta de Juan se caracterizaron por la firmeza y la fuerza moral. Cuando su voz se oyó en el desierto diciendo: «Aparejad el camino del Señor, enderezad sus veredas». Mateo 3:3. Satanás temió por la seguridad de su reino. El carácter pecaminoso del pecado se reveló de tal manera que los hombres temblaron. Quedó quebrantado el poder que Satanás había ejercido sobre muchos que habían estado bajo su dominio. Había sido incansable en sus esfuerzos para apartar al Bautista de una vida de entrega a Dios sin reserva; pero había fracasado. No había logrado vencer a Jesús. En la tentación del desierto, Satanás había sido derrotado, y su ira era grande. Resolvió causar pesar a Cristo hiriendo a Juan. Iba a hacer sufrir a Aquel a quien no podía inducir a pecar (El Deseado de todas las gentes, pp. 195, 196).

El testimonio de Juan había sido positivo, había sido dado con poder, en la demostración del Espíritu. Había dado testimonio de lo que sus ojos habían visto, de lo que sus oídos habían oído, de lo que sus manos habían tocado, de la palabra de vida. Jesús dijo: «Otro es el que da testimonio acerca de mí, y sé que el testimonio que da de mí es verdadero». Los escribas y fariseos habían creído entonces las palabras de Juan, pero el orgullo y la incredulidad obraron en sus corazones según la disposición de Satanás, y se manifestaron la envidia, los celos y el odio franco contra Cristo.

Jesús dijo a sus discípulos: «Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado… Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado… Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí» (The Signs of the Times, 13 de noviembre, 1893, párrafo 4).

Elena G.W

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