Domingo 8 de noviembre – Enojo contra el mensajero de Dios – ¡Escuchen esto!

¡Escuchen esto!

«Estas cosas les sucedieron por ejemplo, y fueron escritas para advertirnos a nosotros, a los que han llegado al fin del tiempo» — 1 Corintios 10:11

Domingo: 8 de noviembre

Enojo contra el mensajero de Dios

Moisés, el líder elegido por Dios, conocía las alegrías y los pesares resultantes de conducir a una multitud heterogénea a través del desierto rumbo a la tierra prometida.

Lee Números 14:4-11. ¿Qué narran estos versículos? ¿Por qué estaba el pueblo airado contra Moisés y Aarón?
Números 14:4-11 — RV604 Y decían el uno al otro: Designemos un capitán, y volvámonos a Egipto. 5 Entonces Moisés y Aarón se postraron sobre sus rostros delante de toda la multitud de la congregación de los hijos de Israel. 6 Y Josué hijo de Nun y Caleb hijo de Jefone, que eran de los que habían reconocido la tierra, rompieron sus vestidos, 7 y hablaron a toda la congregación de los hijos de Israel, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra en gran manera buena. 8 Si Jehová se agradare de nosotros, él nos llevará a esta tierra, y nos la entregará; tierra que fluye leche y miel. 9 Por tanto, no seáis rebeldes contra Jehová, ni temáis al pueblo de esta tierra; porque nosotros los comeremos como pan; su amparo se ha apartado de ellos, y con nosotros está Jehová; no los temáis. 10 Entonces toda la multitud habló de apedrearlos. Pero la gloria de Jehová se mostró en el tabernáculo de reunión a todos los hijos de Israel, 11 y Jehová dijo a Moisés: ¿Hasta cuándo me ha de irritar este pueblo? ¿Hasta cuándo no me creerán, con todas las señales que he hecho en medio de ellos?

Una lectura atenta de estos pasajes revela que los hijos de Israel estaban enojados con Dios porque no confiaban en él. Moisés y Aarón, los representantes humanos del Dios supremo, eran blancos fáciles para la ira de la nación. Los seres humanos necesitamos sentirnos seguros física y mentalmente. Cuando nos sentimos amenazados en alguna de esas dos esferas, podemos enfurecernos o incluso volvernos irracionales.

Lee Números 13:26-30. ¿Por qué tenían los israelitas tanto temor? ¿Qué palabras de aliento les dirigió Caleb?
Números 13:26-30 — RV6026 Y anduvieron y vinieron a Moisés y a Aarón, y a toda la congregación de los hijos de Israel, en el desierto de Parán, en Cades, y dieron la información a ellos y a toda la congregación, y les mostraron el fruto de la tierra. 27 Y les contaron, diciendo: Nosotros llegamos a la tierra a la cual nos enviaste, la que ciertamente fluye leche y miel; y este es el fruto de ella. 28 Mas el pueblo que habita aquella tierra es fuerte, y las ciudades muy grandes y fortificadas; y también vimos allí a los hijos de Anac. 29 Amalec habita el Neguev, y el heteo, el jebuseo y el amorreo habitan en el monte, y el cananeo habita junto al mar, y a la ribera del Jordán. 30 Entonces Caleb hizo callar al pueblo delante de Moisés, y dijo: Subamos luego, y tomemos posesión de ella; porque más podremos nosotros que ellos.

Los israelitas albergaban temores legítimos en relación con los desafíos que les esperaban para poseer la tierra prometida, «pero cuando los hombres entregan su corazón a la incredulidad, se colocan bajo el dominio de Satanás, y nadie puede decir hasta dónde los llevará» (Elena de White, Patriarcas y profetas, p. 409). Moisés tuvo que hacer frente a un desafío de liderazgo casi insuperable en ese momento. Los temores del pueblo pronto se convirtieron en ira contra Aarón y Moisés y en una rebelión abierta contra Dios. Cuando el pueblo buscó nuevos líderes para reemplazar al profeta/líder elegido por Dios (Deut. 34:10-12; Núm. 14:4), Josué y Caleb rasgaron sus vestiduras y suplicaron al pueblo que confiara en Dios a pesar de sus temores: «Si el Señor se agrada de nosotros, nos introducirá en esa tierra que mana leche y miel y nos la entregará. Por tanto, no sean rebeldes contra el Señor ni teman al pueblo de esa tierra, porque nosotros los comeremos como pan. Su amparo se apartó de ellos; pero con nosotros está el Señor. No les teman» (Núm. 14:8-9).

Confiar en Dios es fácil cuando todo va bien, pero ¿qué ocurre ante un desastre o cuando confiar en él implica incomodidad o inconvenientes?

Comentarios Elena G.W

El Señor ordenó a Moisés que enviara hombres a explorar la tierra de Canaán, que él daría a los hijos de Israel… Después de haber alabado la fertilidad de la tierra, todos excepto dos hablaron en forma muy desalentadora acerca de su capacidad para poseerla… A medida que el pueblo escuchaba ese informe, expresaba su desilusión con amargos reproches y lamentos. No aguardaron para reflexionar y razonar que Dios, que los había traído hasta allí, les daría ciertamente la tierra…

Caleb se apresuró en adelantarse, y su voz clara y resonante se escuchó sobre el clamor de la multitud. Se opuso a la opinión cobarde de sus compañeros de exploración, que habían debilitado la fe y el ánimo de todo Israel. Llamó la atención del pueblo que acalló por un momento su lamento para escucharlo… Pero mientras hablaba, los espías desleales lo interrumpieron, gritando: “No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros”.

Esos hombres, al seguir su mala conducta, endurecieron sus corazones contra Dios, contra Moisés y Aarón y contra Caleb y Josué. Cada paso que avanzaban por esa dirección incorrecta los afirmaba en su propósito de desalentar cualquier intento de poseer la tierra de Canaán. Distorsionaron la verdad a fin de llevar a cabo su funesto propósito. Dijeron que el clima era insalubre y toda la gente de estatura gigante…

Este no era solamente un informe malo, sino además mentiroso. Era contradictorio; si la tierra era insalubre y devoraba a sus habitantes, ¿cómo era posible que estos tuvieran proporciones tan grandes? Cuando hombres que ocupan posiciones de responsabilidad se entregan a la incredulidad, no hay límites al avance que realizarán en la maldad… Si solo los dos hombres hubieran traído el mal informe, y los otros diez los hubieran alentado a poseer la tierra en el nombre de Jehová, ellos todavía hubiesen seguido el consejo de los dos en oposición a los diez, a causa de su perversa incredulidad— Conflicto y valor, 10 de abril, p. 106


Antes que comenzara la distribución de la tierra, Caleb, acompañado de los jefes de su tribu, presentó una petición especial. Con excepción de Josué, era Caleb el hombre más anciano de Israel. Ambos habían sido entre los espías los únicos que trajeron un buen informe acerca de la tierra de promisión, y animaron al pueblo a que subiera y la poseyera en nombre del Señor. Caleb le recordó ahora a Josué la promesa que se le hizo entonces como galardón por su fidelidad: “¡Ciertamente la tierra en que ha pisado tu pie ha de ser herencia tuya y de tus hijos para siempre! por cuanto has seguido cumplidamente a Jehová mi Dios”. Por consiguiente solicitó que se le diera Hebrón como posesión…

Lo que pedía le fue otorgado inmediatamente. A ningún otro podía confiarse con más seguridad la conquista de esa fortaleza de gigantes… La fe de Caleb era en esa época la misma que tenía cuando su testimonio contradijo el informe desfavorable de los espías. Él había creído en la promesa de Dios, de que pondría su pueblo en posesión de la tierra de Canaán, y en esto había seguido fielmente al Señor. Había sobrellevado con su pueblo la larga peregrinación por el desierto, y compartido las desilusiones y las cargas de los culpables; no obstante, no se quejó de esto, sino que ensalzó la misericordia de Dios que le había guardado en el desierto cuando sus hermanos eran eliminados… El valiente y viejo guerrero deseaba dar al pueblo un ejemplo que honrara a Dios, y alentar a las tribus para que subyugaran completamente la tierra que sus padres habían considerado inconquistable.

Caleb obtuvo la heredad que su corazón había anhelado durante cuarenta años, y confiado en que Dios le acompañaba, “echó de allí tres hijos de Anac”…

Los cobardes rebeldes habían perecido en el desierto; pero los espías íntegros comieron de las uvas de Escol. A cada uno se le dio de acuerdo con su fe. Los incrédulos habían visto sus temores cumplidos. No obstante la promesa de Dios, habían dicho que era imposible heredar la tierra de Canaán, y no la poseyeron. Pero los que confiaron en Dios y no consideraron tanto las dificultades que se habían de encontrar como la fuerza de su Ayudador todopoderoso, entraron en la buena tierra— Conflicto y valor, 27 de abril, p. 123

Elena G.W

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