Sábado 7 de noviembre – ¡Escuchen esto!

¡Escuchen esto!

«Estas cosas les sucedieron por ejemplo, y fueron escritas para advertirnos a nosotros, a los que han llegado al fin del tiempo» — 1 Corintios 10:11

Sábado: 7 de noviembre

¡Escuchen esto!

Actualmente se anima a las personas a decir «su verdad»; es decir, sus experiencias, sus ideas, sus necesidades, sus límites y sus convicciones, sean cuales fueren. Según esa manera de pensar, toda «verdad» es válida y no debe ser silenciada. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando algunas de esas «verdades» profundamente arraigadas entran en conflicto con la Verdad: Jesucristo y su Palabra escrita?

Algunas personas aceptan las verdades bíblicas y se apartan de sus errores; otras se aferran al error. Algunas cambian su comportamiento en respuesta a la verdad; otras se rebelan contra ella. Así ha ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad.

Los profetas bíblicos a menudo eran llamados a comunicar mensajes que las personas no querían oír. Como resultado, muchos fueron criticados, condenados al ostracismo, incluso amenazados de muerte o hasta asesinados (Heb. 11:32-38). A pesar de todo esto, los profetas de Dios proclamaron fielmente sus mensajes porque el llamado divino al ministerio profético no era opcional para ellos. Habían recibido una instrucción para salvar la vida del pueblo de Dios. Por lo tanto, sus mensajes tenían que ser comunicados sin importar el costo personal.

Comentarios Elena G.W

Jeremías llamó su atención repetidas veces a los consejos dados en Deuteronomio. Más que cualquier otro de los profetas, recalcó las enseñanzas de la ley mosaica, y demostró cómo esas enseñanzas podían reportar las más altas bendiciones espirituales a la nación y a todo corazón individual. Suplicaba: “Preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma”. Jeremías 6:16.

En una ocasión, por orden de Jehová, el profeta se situó en una de las principales entradas de la ciudad, y allí insistió en lo importante que era santificar el sábado. Los habitantes de Jerusalén estaban en peligro de olvidar la santidad del sábado, y los amonestó solemnemente contra la costumbre de seguir con sus ocupaciones seculares en ese día. Les prometió una bendición a condición de que obedecieran. El Señor declaró: “Será empero, si vosotros me obedeciereis, dice Jehová, no metiendo carga por las puertas de esta ciudad en el día del sábado, sino que santificareis el día del sábado, no haciendo en él ninguna obra; que entrarán por las puertas de esta ciudad, en carros y en caballos, los reyes y los príncipes que se sientan sobre el trono de David, ellos y sus príncipes, los varones de Judá, y los moradores de Jerusalem: y esta ciudad será habitada para siempre”. Jeremías 17:24, 25.

Esta promesa de prosperidad como recompensa de la fidelidad iba acompañada por una profecía de los terribles castigos que caerían sobre la ciudad si sus habitantes eran desleales a Dios y a su ley. Si las amonestaciones a obedecer al Señor Dios de sus padres y a santificar sus sábados no eran escuchadas, la ciudad y sus palacios quedarían completamente destruídos por el fuego.

Así defendió el profeta firmemente los sanos principios de la vida justa tan claramente bosquejados en el libro de la ley. Pero las condiciones que prevalecían en la tierra de Judá eran tales que únicamente merced a las medidas más decididas podía producirse una mejoría; por lo tanto trabajó con el mayor fervor por los impenitentes. Rogaba: “Haced barbecho para vosotros, y no sembréis sobre espinas”. “Lava de la malicia tu corazón, oh Jerusalem, para que seas salva”. Jeremías 4:3, 14.

Pero la gran mayoría del pueblo no escuchó el llamamiento al arrepentimiento y a la reforma. Desde la muerte del buen rey Josías, los que gobernaban la nación habían sido infieles a su cometido, y habían estado extraviando a muchos. Joacaz, depuesto por la intervención del rey de Egipto, había sido seguido por Joaquim, hijo mayor de Josías. Desde el principio del reinado de Joaquim, Jeremías había tenido poca esperanza de salvar a su tierra amada de la destrucción y al pueblo del cautiverio. Sin embargo, no se le permitió callar mientras la ruina completa amenazaba al reino. Los que habían permanecido leales a Dios debían ser alentados a perseverar en el bien hacer, y si era posible los pecadores debían ser inducidos a apartarse de la iniquidad— Profetas y reyes, pp. 302, 303

Elena G.W

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